Microrrelato 3

He pasado la noche en vela pensando qué palabra podría guiaros en esta tercera entrega de microrrelatos y al final me ha venido la inspiración en forma de molusco cefalópodo. ‘Calamar’ es el término que debe aparecer en vuestras historias.

Máximo 1.000 caracteres sin espacios.

Plazo límite: Domingo 8 de abril a las 23,55h.

Explicaciones que nadie me ha pedido pero que humildemente me ofrezco  a dar

Tened en cuenta, amigos, que la semana que viene viajo a un balneario portugués en el que he leído que sirven unas deliciosas tortillas a las finas hierbas. No sé si allí tendrán Internet, pero desde luego no querría malgastar mis vacaciones  buscando un locutorio para cerrar el plazo de los comentarios a tiempo. Por eso he decidido dar más tiempo del habitual para enviar historias. Mi intención con este inciso es acallar posibles y malintencionados rumores sobre la decadencia del blog.

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9 pensamientos en “Microrrelato 3

  1. Nagore dice:

    Cada día desde hacía ya 4 meses pasaba por delante de la misma obra. Las mismas chicas subidas en el andamio construyendo un bonito edificio moderno. Al pasar ellas le miraban y cuchicheaban:
    -Mira que es guapo este chico.
    -Dile algo.
    -No, mejor díselo tú.
    Y así día tras día mientras el chico se sonrojaba al oírla. Un día salió de casa como de costumbre y a mitad de camino comenzó a llover. Al pasar por la obra él estaba empapado, ellas le miraron, le vieron aún más guapo y más sexy que de costumbre y entonces una de ellas grito:
    -¡¡Guapo!! ¡Tienes menos desperdicio que una ración de calamares!

  2. V. dice:

    En el evento suele haber cientos, divididos en dos grupos y dando vueltas en círculos de forma frenética: por un lado los machos y por otro nosotras, las hembras calamar. Nuestra fiesta erótica puede parecer un caos, pero quien se fije bien, al rato podrá ver que vamos formando parejas; los machos exhiben bonitos colores para atraernos, nosotras escogemos al que más nos gusta y nos unimos a su danza, con la intención de copular.
    Hasta aquí todo bien, pero el problema –mi problema, concretamente- es que estoy totalmente dominada por mis tres corazones y me siento biológicamente incapaz de quedarme solo con uno de ellos.
    Ayer, sin ir más lejos, copulé con un calamar gigante, con otro que decía ser descendiente directo del Kraken (y vaya si lo era) y con un tercero normalito (pero encantador).
    Así que ahora estoy preñadísima de todos y ¿cómo me siento? pues culpable.
    Aunque no voy a negar (y esto en confianza) que estoy deseando verles ya la cara a mis pequeños chipirones.

  3. anodizado dice:

    “Amada estrella de mar:
    Me veo irremisiblemente alejado de tí. Tu familia te quiere atar a otro de tu especie. No aprueban nuestro amor, o más bien no lo aceptan. Como si nuestras diferencias fuesen un obstáculo. Muy bien, te unirás a ese asteroideo. Afronto el destino, pero no me avergüenzo de ser un calamar enamorado. Un calamar enamorado que no quiere vivir si ha de ser apartado de tí. Es por esto, amada mía, que estoy escribiendo esta carta con mi propia tinta. Y seguiré escribiendo hasta que las escasas fuerzas que me quedan se agoten. Deseo sinceramente tu felicidad, aunque haya de ser junto a él. Pero no olvides nunca que hubo un cefalópodo que te amó más que a su propia v…”

    La nota de suicido concluía bruscamente.

  4. Anaís dice:

    Cada vez que la veía pasar se erizaba hasta el último de sus tentáculos. Le gustaba esa forma que tenía, tan grácil, de saltar, alejándose de la seguridad acuosa por unos segundos. Le encantaba la hendidura que alteraba la suave superficie de su vientre terso. Daría lo que fuera por nadar a su lado, solo un instante, dejándose arrastrar por la cálida marea del verano. Ella era el delfín más elegante y hermoso que había contemplado jamás. Pero él… Él no era más que un estúpido calamar ordinario. Si al menos fuera uno gigante, como aquel que saltó a la fama tras el sonado enfrentamiento con el submarino. Y, sin embargo, juraría que le estaba mirando directamente a los ojos. Confirmó que se habían quedado solos en las inmediaciones del arrecife de coral rojo. Este era su momento, pensó, la ocasión que tanto había estado esperando. Ella giró levemente su aleta derecha y apuntó en su dirección con su sonriente morro afilado. Sus múltiples corazones bailaron a la vez bajó su piel gomosa y blanca. El agua estaba a la temperatura ideal para un paseo romántico, pensó. Ella estaba tan cerca que pudo ver el brillo del sol reflejado en su dentadura perfecta. Cómo me moveré, pensó, para no parecer un torpe y ridículo calamar ordinario. Notó su aliento salado y caliente. Pero, cuando su delicada boca estaba a punto de rozar el tercero de sus serpenteantes tentáculos, sucedió. No pudo contenerse. Notó cómo la tinta escapaba sin control de su cuerpo y todo a su alrededor se volvió negro. Ella se alejó tan rápido como pudo y, en medio de aquella oscuridad pringosa, el pequeño cefalópodo tuvo, por fin, que admitirlo. Se había enamorado de la mujer equivocada.

  5. – ¡Esto es lo mejor que hay! -decía el chaval con la boca llena de pan y calamares a la romana, embriagado de vino y sol en la puerta de un restaurante cercano a la Plaza Mayor. – Una de pulpo a la gallega -gritó, insaciable, al camarero que gruñía tras la barra empapado en sudor. Su acompañante, un guiri japonés de visita a Madrid, le miraba divertido.
    – Hazme caso, Nipón, el pulpo y el sexo son los grandes placeres de la vida.
    El japonés, que parecía no enterarse de nada, abrió los ojos. Una idea relampagueó en su mente. El Nipón, siempre tan emprendedor, registró la web octopusporn.com. Se ha forrado.

  6. Pol dice:

    Cuando ayer por la noche el meteorólogo de la televisión catalana pronóstico que esta mañana nuestra ciudad seria sacudida por una terrible “calamarsa” sucedió algo un tanto perturbador. Se empezó a reír preso de un ataque de histeria y tuvo que ser arrastrado fuera de plató por los operadores de cámara. Nadie hasta hoy entendió que aquellas reacciones escondían un funesto oráculo.
    Vi caer los primeros calamares hace unas pocas horas, debían ser las once. La cadencia fue aumentando y todo el mundo se encerró asustado en sus casas, esperando que la pesadilla terminara de una vez. Las criaturas se iban estrellando contra el suelo, y tripas, ojos y tentáculos salpicaban contra las fachadas. La tinta salía a doquier, a borbotones de todas partes. Ahora que la “calamarsa” ha cesado un manto gelatinoso de metro y medio recubre la ciudad entera. El hedor es insoportable y lo empapa todo. Las gaviotas han enloquecido y atacan enfurecidas a todo quisqui.
    Por la radio dicen que el ejército está preparando un operativo para salvar la ciudad de este atolladero. Se han invitado a reconocidos cocineros del país para animar a la gente a cocinar el calamar. “Un buen calamar en la barriga, un metro más hacia la salida” es el lema.

  7. El lunes, el poeta tenía la certeza de que salvaría al mundo. No al estilo del Capitán América o Spiderman, pero la cosa tampoco iba a ser demasiado diferente. En lugar de una araña radioactiva le había picado el gusanillo.

    El miércoles tenía la idea, el soneto a medias y el discurso de agradecimiento del Nobel preparado, cualquier Nobel.

    El viernes releyó entre dudas.

    El domingo supo que tampoco esa semana lo conseguiria. Abochornado, aceleraba el paso por las calles, sin que nadie quedara ajeno a su fracaso (visible, defectuoso y condenado como un calamar con tinta invisible).

  8. Rita dice:

    – Cuando leas estas palabras, debes dejar firmado tu testamento.
    Esas fueron las últimas palabras escritas por mi padre. Totalmente premonitorias. Tal vez siempre supo que su muerte venía acompañada de veneno. No es tiempo de lamentos. Ahora ya está- pienso mientras saboreo un calamar de gusto amargo. ¡ Qué extraño! Nunca los calamares rebozados tuvieron este sabor…

  9. Perro con Monóculo dice:

    Tragaba compulsivamente bravas y mejillones, y con cada mordisco se prometía un futuro de flexiones y sprints en el que no volvería a rebañar los callos con media barra de pan. Brindó con su quinta cerveza por el último festín de su vida de gordo. En unas horas empezaría a recorrer el camino hacia el abdomen plano, los muslos finos y las chaquetas bien cerradas.  Nunca más probaría una ración de calamares como la que el camarero acababa de lanzar a su mesa, se dijo, y engulló el más grande y dorado de los aretes. El elástico rebozado pasó por su boca con la forma de un ocho y se convirtió, al cruzar la faringe, en un fatídico cero.  Rígido e incapaz de respirar, se fue volviendo morado. La despiadada palmada del camarero precedió a una tos por la que planearon, inesperadamente libres, restos de todas las raciones conocidas en aquel bar. Pagó la cuenta y se arrastró hacia casa, dolorido, pensando en la suerte que tenía de seguir vivo. Aunque fuera bajo la condición de gordo.

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