Microrrelatos con calamar, II

Amigos, mis vacaciones han concluido y vuelvo a casa relajado, bien comido y con un nuevo nombre en la agenda de teléfono: el del Conde Duque, un escarabajo impetuoso y rebelde que he conocido estos días en Lisboa. Era un conversador insaciable, de esos que disfrutan pegando un puñetazo encima de la mesa para enfatizar un argumento… pero que después ríen con la boca muy abierta como diciendo: “En realidad, ¿qué más da?”. Reconozco que algunas noches en el balneario me he acostado con esa misma sensación, la de que la vida era una cosa muy importante pero que, al mismo tiempo, qué más daba.

Para tener la pinta de peluche que sé que tengo, a veces puedo ponerme tremendamente profundo.

Os recuerdo que todavía estáis a tiempo de mandar vuestros microrrelatos con la palabra ‘calamar’. El plazo termina esta noche. Y para animaros, os dejo con el inseguro y enamorado cefalópodo que nuestra querida Anaís nos ha regalado:

Autora: Anaís

Cada vez que la veía pasar se erizaba hasta el último de sus tentáculos. Le gustaba esa forma que tenía, tan grácil, de saltar, alejándose de la seguridad acuosa por unos segundos. Le encantaba la hendidura que alteraba la suave superficie de su vientre terso. Daría lo que fuera por nadar a su lado, solo un instante, dejándose arrastrar por la cálida marea del verano. Ella era el delfín más elegante y hermoso que había contemplado jamás. Pero él… Él no era más que un estúpido calamar ordinario. Si al menos fuera uno gigante, como aquel que saltó a la fama tras el sonado enfrentamiento con el submarino. Y, sin embargo, juraría que le estaba mirando directamente a los ojos. Confirmó que se habían quedado solos en las inmediaciones del arrecife de coral rojo. Este era su momento, pensó, la ocasión que tanto había estado esperando. Ella giró levemente su aleta derecha y apuntó en su dirección con su sonriente morro afilado. Sus múltiples corazones bailaron a la vez bajó su piel gomosa y blanca. El agua estaba a la temperatura ideal para un paseo romántico, pensó. Ella estaba tan cerca que pudo ver el brillo del sol reflejado en su dentadura perfecta. Cómo me moveré, pensó, para no parecer un torpe y ridículo calamar ordinario. Notó su aliento salado y caliente. Pero, cuando su delicada boca estaba a punto de rozar el tercero de sus serpenteantes tentáculos, sucedió. No pudo contenerse. Notó cómo la tinta escapaba sin control de su cuerpo y todo a su alrededor se volvió negro. Ella se alejó tan rápido como pudo y, en medio de aquella oscuridad pringosa, el pequeño cefalópodo tuvo, por fin, que admitirlo. Se había enamorado de la mujer equivocada.

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