Microrrelato 5

Amigos, he salivado placentera y metafóricamente durante el fin de semana mientras leía vuestros estupendos microrrelatos con chupete. Estoy orgulloso de vosotros y os doy las gracias. Mañana sabréis cuál de los autores pasará a adornar mi galería de retratos, aunque quiero precisar que el nivel ha sido alto y no ha sido fácil decantarse por uno.

Lo que sí puedo comunicaros ahora es el término de la ronda de microrrelatos de esta semana. Que nadie se lleve a engaño, en modo alguno -¡que quede claro!- la elección de esta palabra está motivada por experiencias personales: pulga.

Máximo 1.000 caracteres sin espacios. Plazo límite: domingo 22 de abril a las 23h.

Espero vuestros cuentos. Dejadlos en los comentarios de estra entrada, por favor.

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11 pensamientos en “Microrrelato 5

  1. Nagore dice:

    Me llamaron de la perrera, había entrado un cachorro de gato de unos 5 meses aproximadamente, en cuanto pude subí corriendo a verle.
    Llegue a la perrera, salude al veterinario como hacía cada sábado, y abrí la puerta grande que lleva a los pasillos de las jaulas.
    – Segunda jaula – me había dicho Susana – un gatito blanco muy manso.
    No me hizo falta saber en qué jaula estaba, según abrí la puerta vi asomarse por la 2º jaula una patita blanca. Me encaminé hacia allí, ansiosa, nerviosa, con ganas de ver a ese pequeño, uno de tantos abandonados.
    Abrí la jaula y entre con cuidado de que no se escapara ni él ni ninguno de sus compañeros. Según me agache para acariciarle, empezó a frotarse entre mis piernas, se me subió encima y me dio una buena ración de mimos. Cuando logré salir de jaula fui a por un trasportín y una pipeta para las pulgas (dichosas pulgas). Lo metí en el trasportín y me lo traje para casa.
    Hace casi 7 años que Roni me adoptó a mí.

    Basada en una historia real.

  2. La pulga saltaba de pulga en pulga, cosa que a La Pulga le puso de muy malas pulgas.

  3. Anaís dice:

    La huelga de acróbatas ya era bastante bochornosa antes de que llegaran los niños. Pero, por si fueran pocos mis males, he tenido que aguantar toda la tarde a esos mocosos riéndose, sin ningún pudor, de piruetas que nadie hacía y fingiendo alborozo. ¡Como si yo fuera tonto de remate! Ya tengo bastante con que esos animales me hayan amenazado agitando la estúpida bandera de sus derechos colectivos, como para que todos los críos del pueblo vengan a burlarse en mi cara.
    Puede que yo no sea más que un humilde empresario y que mi circo de pulgas no tenga el trapecio más alto de la región, pero cuando alguien ha querido una velada fantástica yo siempre le he abierto las puertas de mi pequeña carpa. No entiendo que, ahora que las cosas se ponen feas, todos vengan a reírse de un pobre viejo. Aunque, bien mirado, los niños han pagado su entrada como todas las tardes… Quizá lo que debería hacer es mandarlas a todas a casa con su indemnización debajo de la pata y empezar a pensar en reorientar de mi negocio.

  4. Canaleto dice:

    Apenas le quedaba algo de vida. Lo sabía con absoluta certeza. Su cráneo, antes pelado, estaba infestado por centenares de pequeños montículos con una pequeña abertura en el centro, como si fuesen cráteres. El mal se había extendido por el resto de la cabeza. El dolor era espantoso, El horrible picor era casi peor; le recordaba vagamente aquellos polvos que de niño se introducía en la boca para simular un refresco efervescente. Los ojos, ya sin vida, la nariz, la boca, todo lo que antes era su cara, estaba completamente minado. El avance continuaba sin pausa por el resto del cuerpo. El ataúd de plomo en el que se había encerrado, impediría que la plaga pudiese extenderse. Moriría, pero con él lo harían todos aquellos parásitos. La idea había sido un fracaso lamentable; como otras veces, buscando una solución había encontrado un problema mayor. Algo tan diminuto y desagradable como una pulga le había vencido. Aún no entendía como pudo mutarse aquel maldito animal, en aquellas cosas que ahora estaban acabando con él. Sintió náuseas, la lengua hinchada le estaba asfixiando. De repente en medio de la total oscuridad, por un instante, todo se volvió blanco. Después, no hubo después.

  5. V. dice:

    Primero se le cayeron los dientes, uno a uno, hasta no quedar en su boca más que una encía sonrosada en la que crecieron unos tubos inquietantes. Después, a las vellosidades corporales se sumaron una ristra de espinas y lo que antes fuera su cuerpo mutó en una dura coraza provista de largas extremidades inferiores.
    Así, convertido en una horrible deformidad, fue como le encontraron; el hedor alejó a los agentes unos metros.
    “¿Seguro que es un hombre?” preguntó la teniente a su superior.
    “Lo fue.” respondió éste, apuntando con su pistola a la cabeza de la criatura. “Ahora sólo es una enorme pulga, un insecto, un chupasangre”.
    Sin mediar palabra, disparó al que un día se llamara Jorge, que cayó fulminado sin oponer ningún tipo de resistencia.
    “¿Hay muchos como él?” preguntó la teniente, con la voz temblorosa.
    “Los habrá. Y ahora, continuemos”.
    Ambos subieron por la escalinata de la alcantarilla y alcanzaron la calle en pocos minutos. El sol era cegador y, mientras se alejaban caminando despacio en dirección al coche, cientos de partículas de luz inundaron el hueco que había quedado abierto en la trampilla por la que , minutos antes, había buscado cobijo el pobre desgraciado.

  6. Pol dice:

    Siempre habrá algo de Salvador dentro de mí.
    Salvador era una pulga, lo conocí cuando tenía cinco años. Nunca nos separábamos a pesar de que era un tipo con mucho genio. Mis padres creían que era un amigo imaginario y no se preocuparon demasiado, habían leído en una revista que eso era bueno. Al crecer me cansé de sus fantasmadas, supongo que me metí con su estatura – ya se sabe a esta edad – y Salvador se cabreó y se fue.
    Solamente lo volví a ver una vez. Fue cuando tuve mi primera cita con Anaís. Habíamos terminado la botella de champán discutiendo apasionadamente la misoginia de Strindberg y ahora, mientras esperábamos el postre, nuestras piernas parecían dirimir cuestiones más prácticas debajo de la mesa. Entonces apareció él, Salvador, sobre el mantel rojo, dando botes histéricos e imperceptibles. Lo ignoré y entonces el loco mezquino con cuatro saltos se puso sobre la cabeza de Anaís como diciendo- ¡¿Ahora quien es el más alto HIJO PUTA?!-.
    Sin más, con la falsa excusa de ir al baño, me levanté y, magnéticamente, como atraído por un impulso irrefrenable y puro, di un beso al hermoso pelo de Anaís.
    Desde entonces siempre habrá algo de Salvador dentro de mí.

  7. Perro con Monóculo dice:

    La varicela lo estaba volviendo loco. Las vesículas que le recorrían la cara, los muslos y el interior de sus axilas desafiaban a cada minuto su cordura. Soñaba con rascarse la espalda con el rastrillo de la playa y sumergirse después en una bañera de gelatina que aliviara sus heridas. El miedo a tocarse y acabar marcado durante el resto de su vida no ayudaba, desde luego, a relajarse. Sufría aislado en casa… y lo único que recibía eran comentarios despectivos.

    -No te rasques, que te dejarás marca.

    La falta de empatía era ominosa y decidió darle una lección a su madre. Aprovechó su excursión al mercado para escapar. Buscó al amistoso perro callejero al que la tirana le prohibía acercarse. Subieron juntos en el ascensor, rascándose ambos con fuerza y gusto. Se tumbaron en el sofá, rodaron por la moqueta y se quedaron dormidos sobre los almohadones de la cama de su progenitora. Cuando la madre dejó las bolsas en el suelo, las pulgas del bicho bailaban por toda la casa.

  8. El camino se había hecho más largo de lo previsto. El basto bosque en el que se había adentrado hacía más tiempo del que podía recordar parecía no tener fin. Ni siquiera podía recordar cuanto hacía de su última comida; había estado excavando aquí y allí en busca de algo que echarse a la boca, sin suerte; parecía incluso que los riachuelos de vida que habían estado hacía tan poco correteando alegres bajo el bosque se habían secado. Incluso a su alrededor, los altos trocos que un día fueron marrones y brillantes bajo el sol, ahora no eran más que una sombra, secos, sin brillo y con las raíces a la vista. Se rindió; sentada, con el sol obligándole a entrecerrar los ojos y el olor a muerte saturándole el olfato, pensó que quizás, solo quizás, tenía parte de culpa. Quizás, habían comido, bebido y gozado más de lo necesario, habían sido los culpables de su misma destrucción.

    Entre el pelaje del perro muerto, comprendiendo que no cabía esperar nada más que un milagro, la pulga sonrió para sus adentros.

  9. La sangre aún manaba de la herida de su ultima víctima Mientras la saboreaba con placer,emprendió el regreso a su guarida.
    Se hacia tarde,debía descansar,la búsqueda del anfitrión perfecto había sido muy dura aquella noche, no quedaban mas que unas horas para que empezara un nuevo día y la pulga desapareció entre las rendijas de la madera.

  10. Fercha dice:

    Se mantiene firme en su superficie de sustento ajena al rebote rítmico del can. Esta pulga no es un vulgar parásito dedicado a extraer la sangre del hospedero: conciente de las inmensas posibilidades de su físico se ha entrenado en la disciplina del salto. Pero como todos los seres movidos por el impulso de la superación necesita público, alguien capaz de admirar sus logros. Ahí reside el problema, su círculo de relaciones es demasiado mundano para apreciar la belleza compleja de sus piruetas o la depurada técnica de sus saltos de longitud. Hastiada de la falta de reconocimiento y dispuesta a acabar con su perra vida, cierra los ojos y empuja con toda la energía de sus patas en el mayor salto mortal que jamás haya realizado. El azar ha querido que aterrice sobre un boxer, rodeada por las ovaciones y saltitos de congratulación de las antiguas integrantes de un circo de pulgas. Entonces asciende por sus tubos bucales el sabor de la gloria o tal vez es el de la espuma blanca del shampoo antipulgas que la envuelve en una nube algodonosa y química, dejándola sin aliento.

  11. Mameluco dice:

    Obsesionado como estaba con la fuerza y destreza de los insectos, Pepito soñó más de una vez que, como Gregorio Samsa en su día, se despertará convertido en un bichejo. Pero no en cualquiera, quería ser una pulga. Tener mucha potencia y pegar saltos descomunales. Cuando les decía a los niños en el recreo que su máximo deseo era tener los superpoderes de un sifonáptero había lluvia de insultos, capones y escupitajos con sabor a Palotes.
    Pasaron los años y Pepito se convirtió en José Manuel. Llegó a una edad en la que supo cuando callar y sus planes fueron, a partir de entonces, secretos. No tenía pensado gran cosa, aprobar la selectividad, echarse novia y cursar Biorobótica Avanzada en el M.I.T. Fabricarse un exoesqueleto de adamiantum y porcelana de alta resistencia para ser como una pulga requería conocimientos.
    Todo iba bien hasta que le quedaron siete en segundo de B.U.P para el verano. Sus sueños se vieron truncados. Ahí es cuando empezó a beber sangre. Sus pobres padres lo mandaron a la mili cuando pudieron.
    En el cuartel, poco después, lo encontraron sobre el pavimento, hecho pulpa. Había saltado desnudo desde una ventana, embadurnado en SuperGlue. Se cree que murió feliz.

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