Microrrelatos con pulga, I

Ayer le dediqué toda la mañana a un asunto de vital importancia. Quiero dar a conocer mi blog al mundo. Tras examinar diferentes posibilidades, abierto a cualquier sugerencia descabellada (la alondra propuso alquilar un jumbo), me he decantado por hacerme una tarjeta de visita… y aquí está la gran novedad: en formato digital. ¡Una tarjeta de visita en JPG correrá como la espuma por Internet! Dicen que el hambre agudiza el ingenio,  yo soy la prueba viviente de que ese refrán es una estafa.

Sin embargo, mi idea es tan innovadora que voy a necesitar ayuda de algún técnico brillante. Ya tengo el diseño hecho, pero necesito una fábrica de tarjetas digitales que se encargue de multiplicar la plantilla base (necesito al menos 2.000 unidades). Si conocéis algún gurú de la informática, por favor, comunicádmelo. El dinero no es problema.

Y ahora os dejo con un claustrofóbico microrrelato que me ha llegado esta semana. Tenéis hasta el domingo para participar, no dejéis escapar a la pulga.

Autor: Canaleto

Apenas le quedaba algo de vida. Lo sabía con absoluta certeza. Su cráneo, antes pelado, estaba infestado por centenares de pequeños montículos con una pequeña abertura en el centro, como si fuesen cráteres. El mal se había extendido por el resto de la cabeza. El dolor era espantoso, El horrible picor era casi peor; le recordaba vagamente aquellos polvos que de niño se introducía en la boca para simular un refresco efervescente. Los ojos, ya sin vida, la nariz, la boca, todo lo que antes era su cara, estaba completamente minado. El avance continuaba sin pausa por el resto del cuerpo. El ataúd de plomo en el que se había encerrado, impediría que la plaga pudiese extenderse. Moriría, pero con él lo harían todos aquellos parásitos. La idea había sido un fracaso lamentable; como otras veces, buscando una solución había encontrado un problema mayor. Algo tan diminuto y desagradable como una pulga le había vencido. Aún no entendía como pudo mutarse aquel maldito animal, en aquellas cosas que ahora estaban acabando con él. Sintió náuseas, la lengua hinchada le estaba asfixiando. De repente en medio de la total oscuridad, por un instante, todo se volvió blanco. Después, no hubo después.

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