Mi pulso con la muerte y guía para el microrrelato 6

¡Amigos! Os escribo tras unos días en los que la guadaña de la muerte no se ha alejado ni un minuto de mi lecho. Han sido momentos difíciles de sudores fríos, garganta hinchada y almohadillas tensas. He sufrido escalofríos, náuseas y sofocos. La fiebre me empañó el monóculo y el pelo de mi empapada cabeza quedó apelmazado, perdiendo toda su gracia. ¡He sido víctima de la crueldad biológica y la venganza estética!

Afortunadamente, las calamidades remitieron y tras un domingo dedicado en exclusiva a recuperar energías (ingestando un bol de arroz con leche cada ocho horas, mmm) puedo aseguraros a vosotros y a la mismísima Muerte que este cachorro ha superado su primera gripe.

Y ahora, la información que habéis venido a buscar. La palabra que ha de aparecer en los microrrelatos de esta semana es: postre. Máximo 1.000 caracteres sin espacios. Plazo límite: domingo 6 de mayo a las 23h.

Dejad vuestras historias (o comentarios celebrando mi recuperación) en esta entrada, por favor.

PD: Mañana os mostraré el rostro del autor de mi microrrelato con flequillo favorito.

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10 pensamientos en “Mi pulso con la muerte y guía para el microrrelato 6

  1. V. dice:

    “¡Este postre está exquisito, Maria Dolores!” dice el tío Jaime, mientras la punta de su pie descalzo busca cobijo entre las piernas de mamá.
    “¡Ay Jaime, eres un adulador..! todos los domingos me dices lo mismo” contesta mamá, moviendo el trasero ligeramente para dejar vía libre al pie del tío Jaime.
    “¡Lo que no tiene desperdicio es este vino!” dice papá con la nariz enrojecida por el licor y las caricias que la tía Teresa le prodiga en la pierna desde hace un buen rato.
    “Valeria, termínate ya eso” comenta mamá irritada, a lo que Valeria responde con una inclinación de cabeza.
    La mano de mi hermana se desliza bajo la mesa con una porción de tarta y en seguida acude Lolo, nuestro chucho, a dar cuenta de ella.
    “Bueno qué, ¿nos vamos todos a dar un paseo?” sugiere la tía Teresa.
    Mamá hace sonar la campana para que venga Chela a recoger la mesa: “Ale, Valeria, busca a tu hermano y dile que se prepare, que nos vamos en un momentito”
    Mi hermana se levanta despacio, haciendo tiempo para que yo pueda reptar tras el sofá y correr por el pasillo hasta mi cuarto, donde me encontrará, como siempre, haciendo los deberes.

  2. Nagore dice:

    Se encontraban los 4 sentados a la mesa a punto de empezar a comer. Ana había preparado lentejas con chorizo, carne guisada y unas ricas natillas de postre. Los niños empezaron a protestar:
    – Mamá yo no quiero lentejas, no me gustan. –Protestó Mario.
    – Has de comer lentejas son ricas en hierro. –Contestaba Ana.
    – Joo mamá. –Volvió a protestar.
    – Mamá le replicó. – Lentejas comida de viejas, si quieres las comes y si no también.
    A las quejas de Mario se sumaron las de su hermanita de año y medio.
    – A nena no guta tetejas.
    – A la nena si la gustan las lentejas y no se hable más.
    De pronto y sin saber porque ni como alguien lanzó una lenteja a la cara de mamá y en cuestión de 3 segundos comenzó una batalla de comida a la que hasta Pantxo el perro se apuntó (claro que Pantxo lo que hacía era comer las lentejas del suelo). Mamá enfurecida grito:
    – ¡¡¡Se acaaabooo!!! Castigados los tres sin postre y encima os voy a servir otro plato de lentejas. Y tu Pedro parece mentira que seas el adulto y padre de la familia, eres peor que tus hijos.
    Al final no les quedó más remedio que comerse las lentejas y la carne guisada e irse a echar la siesta sin el rico postre, el cual disfrutó Ana sola dándole a Pantxo el bol a relamer al acabar.

  3. pol dice:

    Rayos, el postre ha caducado.
    El Ratón se saca el sombrero y vacía la botella de vino.
    Luisa, la niña de vestido blanco mira el escaparate de la pastelería.
    El cementerio está cerrado
    y los cipreses duermen.
    Vitamina C de postre.
    Si no fuera domingo todo sería distinto.
    Algo tira del cordel, tira, tira…
    Luisa vuelve a casa con el ratón bien atado.
    Tengo las manos vacías.
    Pero del mar de las mil coliflores
    baja una escalera de madera.
    Jacob saluda, nos trae un pastel.
    Bizcocho de chocolate cubierto de mermelada de fresa con flores de nata coronadas por ciruelas. Bigotes caramelizados, relleno de crema y cola de limón.

  4. Perro con Monóculo dice:

    Carlos tenía barbilla y codos apoyados en la mesa del multitudinario comedor. Frente a él, un plato con restos de pollo asado y el intacto bol de natillas (pensadas para levantar la moral del batallón de adolescentes). Estaba absorto mirando la galleta que coronaba el postre cuando, como un jeroglífico que cobrara vida desde la pared de una pirámide, el mosquito surgió de la canela. Se incorporó sobre sus patas, cruzó los brazos en posición de rapero y se lanzó a interpretar una coreografía a medio camino entre el Príncipe de Bel Air y un tiroteo en el Bronx. Meneando obscenamente el culo, apuntaba con una pistola imaginaria a los adolescentes de la sala; movía el brazo al ritmo del segundero de un cronómetro y con una mueca repetía “clic, clic, clic”. Carlos sintió que le pesaban los párpados, pero se concentró y formuló mentalmente la ley de Coulomb. Con un beso al aire el insecto dio por concluido el baile. Se acercó al borde de la galleta y se zambulló impecablemente en las natillas, sin apenas salpicar. El compañero de Carlos llegó con dos cafés cargados, las últimas dosis de cafeína. Quedaba un examen para terminar la Selectividad. Muy pronto, tendrían todo el verano para dormir.

  5. Sheila dice:

    Acostumbrábamos a comer juntos todos los domingos. Era una de esas tradiciones familiares que no se rompían ni por causas de fuerza mayor. Hasta cuando el tío Suso estaba recién operado de apendicitis y llevaba una semana en cama. Los puntos le supuraban pus y zumo de piña, pero acudió igual a la cita.

    Nuestra familia vivía en el edificio desde hacía más de cuarenta años, y ya no se ponían en duda nuestros derechos como inquilinos más antiguos. Ya se sabe, la veteranía, es un grado. Habíamos colonizado el ascensor hacía cuarenta años y si queríamos comer allí cada domingo, la decisión sólo nos correspondía a nosotros.  

    Pese a todo, siempre estábamos en el punto de mira. Los demás vecinos sabían que tenían que subir por las escaleras y, aunque habían dejado de protestar hacía muchos años, se celaban de que no los invitáramos ni en las cenas de Nochebuena. Nada podíamos hacer, el sitio era escaso. Éramos diecisiete hasta que se murió el abuelo. A nadie le gustó y todos lloramos mucho, pero empezamos a estar un poco más holgados en la mesa e incluso podíamos apoyar un codo cada uno. Eso sí, por turnos. 

    Las comidas transcurrían siempre con la misma pauta. Entre el primero y el segundo, los entrantes. Luego le dábamos al botón del tercero, y mientras subíamos, nos hacía la digestión. Cantábamos un par de canciones verdes que hacían que las tías se rieran como gallinas cluecas, y luego tomábamos el principal. El postre lo dejábamos para el ático, como colofón de nuestra hazaña semanal.

    Un día, un señor de barba y gafas con doble graduación se presentó a la hora del postre en el ático. Nos traía una demanda hecha por la comunidad de vecinos en la que nos acusaban de hacer un ‘uso incorrecto de los bienes comunitarios’. En otras palabras, nos estaban robando los domingos.

    Como buenos vecinos, recogimos los platos, el mantel y las migas. Plegamos la mesa, guardamos los cubiertos y como ya no podíamos hacer más, dejamos las puertas abiertas para que aireara. Nos despedimos de nuestra tradición con una pena enorme, y por despecho, no volvimos a tomar el ascensor ni para subir al quinto. 

    Empezamos a desayunar los martes en el portal pero… ya nunca fue lo mismo.

  6. Mrs. Nancy Botwin dice:

    Pasaban las once de la noche cuando se arrodilló ante mí para anotar la petición en su libreta: “quiero un orgasmo, tráigalo sin prisa”. Y lo trajo, calentito; él era el camarero, yo sólo pedí un postre.

    El Jardín Secreto se llamaba el restaurante.

  7. Arturo dice:

    Los cachorros aullaron desde el anochecer hasta altas horas de la madrugada, cuando la debilidad les terminó venciendo. La tormenta llevaba tres días sin parar y el ruido de la lluvia sobre puertas y ventanas no dejaba descansar a nadie; parecía como si en cualquier momento la casa entera fuese a elevarse y avanzar como una balsa.
    Todo estaba en penumbra, con las luces apagadas día y noche. Los pasillos desiertos, las habitaciones cerradas y solo, de vez en cuando, en la cocina se oían algunos lamentos sofocados torpemente por una mano nerviosa.
    En el cobertizo, seis cadáveres de animales esperaban a ser enterrados y grupos de ratas, venciendo el miedo y empujadas por el hambre, habían comenzado su tarea.
    Dentro, en el salón, apoltronado en un sillón y con los ojos cerrados, el viejo fumaba y bebía sin parar mientras recordaba como había degollado, uno a uno, a sus perros. La barba de varios días, los ojos inyectados en sangre y agotados por la falta de sueño le hacían parecer un diablo.
    Había matado a sus perros, no por crueldad, sino porque no podía ni quería separarse de ellos.
    Ahora, los antes cazadores, se habían convertido en comida para alimañas. Él les serviría de postre.

  8. Y para terminar, de postre, beso suavemente tus muslos.
    ¿Son caseros?

    – Por supuesto. Ummm… ¿querrás café?

    – Sí, un cortado descafeinado con la leche muy caliente.
    Que si no me desvelo.

  9. De un lado, Ariosto, expirata y amante de la soledad (si ambas cosas son posibles), armado con un tenedor afilado. Del otro, Marcus, esclavo con pedigrí, elegante, fiero. El emperador alza su copa. “Ave César, los que van a morir…”ambos saben lo que hay, pero su torpe latín no les permite seguir la declinación. Mueven los labios y disimulan.

    El paroxismo sucede a las cornetas. Entrechocar de armas, pelea de ciervos. Con cada golpe de su macabro gong (tridente contra espada), el césar traga una uva. Bella sincronía.

    Un sol de injusticia quema las coronillas. Los calamares a la romana hacen brillar las insignes comisuras del caudillo.

    Uno intenta sucias tretas de bucanero: “¡mira allí!”. El otro no pica. A su lado, desmembran a un colega. Alguien resbala (sandalias baratas) y su pareja de baile, sin compasión, le patea.
    Marcus empuña la espada sintiendo en la punta el latido del cuello de su oponente. La plebe mira al prócer que despacha el último trozo de piña.

    Silencio.
    En manos del emperador está la decisión. ¿Pulgar hacia abajo o clemencia?.

    El césar se encoje de hombros. No puede juzgar el valor de los contendientes. ¿Cómo les explica ahora que se ha despistado con el postre?.

  10. Anaís dice:

    “¿Quieres postre?” Eso fue lo último que me dijo antes de la terrible transformación. Yo llevaba toda la cena triturando explicaciones con los dientes, dándoles vueltas en la boca a las palabras adecuadas, intentando escoger las menos amargas. No había manera. “Ahora o nunca”, pensé mientras dejaba en el plato el último hueso relamido de mi muslo de pollo. Entonces ella pronuncio aquella frase, ¿”quieres postre?”, sus dos últimas palabras. “No, quiero decirte algo”, escupí, como poco antes había hecho con un tendón blanco. Lo que pasó después se ha vuelto confuso en mi cabeza. Yo sabía el mensaje que quería transmitir, pero lo había mascado durante tantos días, que aquel “ya no te quiero” se había convertido en una papilla pastosa, imposible de servir. Ella enloqueció. Derramó el contenido del frutero sobre mi cabeza y, mientras el jugo de uva me resbalaba por la mejilla, aulló, golpeó la mesa, alzó su dedo índice estirado frente a mis ojos y escupió decenas de improperios de los que solo recuerdo el último, el que sonó antes de que se marchase dando un portazo. “Tú no te vas a ninguna parte”. De eso hace ya cinco días. Ha desconectado la línea de teléfono y ha tirado mi móvil por el inodoro. Ha vuelto un par de veces y, cuando me ve, sentado cabizbajo en la misma silla donde me dejó atado, finge que no ha pasado nada. Me saluda con cariño, incluso ha llegado a besarme. Pero ya no es ella. Ni yo soy yo. Y del postre ya solo queda una ciruela arrugada y medio plátano casi negro. Quién sabe qué será de mí cuando se acabe.

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