Un terrón de libertad. A ver cómo os sienta

Amigos, estoy un poco aturdido por cuestiones que ahora no viene al caso comentar pero que quizás en un tiempo me atreva a confesar… La cuestión es que es lunes, y los lunes abro una puerta llena de posibilidades para la microliteratura. Sin embargo, mi desconcierto no me permite pensar con claridad, por lo que voy a jugar la baza del comodín.

Sois libres, pues. Esta semana no habrá palabra mágica, aunque el límite del microrrelato siguen siendo mil caracteres sin espacios (¡no tengo intención de perder el tiempo con novelas que pesan más que yo!).

Si veo que digerís bien la libertad, no descarto la posibilidad de llegar con vosotros a algún tipo de pacto democrático. Si, por el contrario, os paraliza, ¡volveré a agarrar las riendas! Tomad esto como un experimento sociológico donde el tipo de la bata blanca soy yo.

Plazo límite: domingo 13 de mayo a las 23h. ¡Suerte!

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4 pensamientos en “Un terrón de libertad. A ver cómo os sienta

  1. Cuando Ben Johnson ponía los pies en los tacos de salida del Estadio olímpico de Seúl, el 24 de septiembre de 1988, Ramón sacaba las llaves de su casa del bolsillo del pantalón. Y justo cuando el juez de salida disparó al aire, él ponía un pie en casa. Vio a su padre en el sofá y quiso contárselo, pero él le calló sin mirarle, con un gesto de la mano.

    9 segundos con 79 centésimas después ya era demasiado tarde.

    Meses después el padre de Ramón se enteró de que Ben Johnson no había ganado aquella carrera. Que aquel 24 de septiembre de 1988 había iniciado, exactamente igual que su hijo, su caída definitiva.

  2. Fercha dice:

    TAPADERA
    El abuelo cepillaba sus dientes con bicarbonato, olía a alcanfor y mantenía encendido un transistor que sofocaba con su ronroneo la presencia de un mundo del cual ya no quería enterarse.
    Incluso en las noches, desde la habitación en la que dormía solo desde la muerte de la abuela, seguía el murmullo. La voz gangosa del locutor radiaba las noticias en tono monocorde; el contenido no era relevante, lo importante era la saturación.
    Así nadie se percató de que, en medio de la nube de ruido a la que había acostumbrado a su familia, seguía hablando con ella a hurtadillas.

  3. Pol dice:

    Resulta sorprendente como a veces algo, un pequeño antojo, puede cegarnos y conducirnos a peligros extremos. Un día mi amigo Pepe se dirigió al restaurante vegano, quería un poco de humus. Los comensales de la terraza lo observaron con mirada escrutadora. Una joven con pelo azul soltó un chasquido con los dientes, otro tipo se agarró con fuerza a la mesa y a punto estuvo de de ladrar a Pepe. Con paso pusilánime y temblando como una hoja se acerco a la barra. Le atendieron con brusquedad.
    – ¿Bueno, qué?
    – ¿Tienen un poco de humus?
    – ¿Humus?
    – Un poco, sí.
    – Se sirve con el menú o la hamburguesa de seitán.
    – Sólo llevo 2 euros…
    – ¿Y quieres humus?
    – Sí.
    – ¿Te gusta el humus?
    – ¡Mucho, sí!
    – ¿Y la carne te gusta también?
    – Bueno…
    – Deja, olvídalo.
    El camarero soltó un suspiro de desesperación y lo miró con una sonrisa cargada de odio.
    – ¡Este señorito con la barriga llena de cadáveres le apetece humus! Pues ya te digo yo que te vamos a dar humus.
    Entonces se fue a la cocina y volvió enseguida con una olla y un cucharón.
    – ¡Quieres humus, pues toma desgraciado-sinvergüenza!
    El camarero le empezó a lanzar cucharadas de humus y Pepe tuvo que huir a la desesperada mientras era abucheado por todo el restaurante.

  4. Perro con Monóculo dice:

    Lo encerraron injustamente. Miraba las montañas desde el ventanuco de su fría prisión y soñaba con volver a casa. Pasó un tiempo, con sobornos y favores consiguió una cafetera y un pequeño hornillo. Un día se hizo con papel pintado que usó para aplacar la humedad de los ladrillos. Poco a poco, fue llenando de libros una pequeña estantería que él mismo había fabricado en el taller de carpintería que mantenía ocupados a los prisioneros. Cuando llegaron los rebeldes, él estaba leyendo y tomaba café.  Dispararon al alcaide, abrieron las cerraduras de todas las celdas y huyeron entre gritos y consignas. Un torrente de presos escapó con lo puesto. Él siguió con su libro. Aquella noche, antes de acostarse, tapó el ventanuco con papel pintado.

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