Salgamos a la carretera (y II microantología de relatos)

Este fin de semana he estado bastante atareado, así que ayer por la noche necesitaba un momento de relax y llamé a la alondra para que viéramos una película juntos. Ella dijo que llevaba tiempo queriendo ver “Psicosis” y yo acepté encantado.

– ¿Psicosis? Por supuesto, ¡adoro la música de Bernard Herrmann!
– Es de Alfred Hitchcock, parece mentira.
– Digo la música, querida alondra, no la dirección.
– La dirección, la música…. ¡todo es de Hitchcock!

No tenía ganas de comenzar una discusión, insisto en que necesitaba descansar después de un duro trabajo. Pusimos la cinta y la alondra, como siempre, fue incapaz de cerrar el pico.

Piaba como una histérica cada vez que aparecía un ave disecada y se rió abiertamente de la escena de la ducha (“Se nota mucho que no la están matando”). Además, se mantuvo en sus trece toda la película asegurando que el asesino era “el jefe de ella, está clarísimo” y ni siquiera cuando se explicó claramente quién había acuchillado a la rubia fue capaz de aceptar su fracaso: “En un final abierto el asesino puede ser cualquiera”.

Y ahora, dos cosas:

1) El trabajo que tanto me ha agotado este fin de semana es una nueva antología con vuestros relatos. Hubo 13 propuestas con ventilador y las he recopilado en un pequeño volumen que podéis descargar en este enlace. ¡Gracias a todos, amigos! Os enumero: Maximus, Nagore, Golden Brown, Hombre Revenido, MyGirl, Lulú, Rubén, Arbusto, Roilenos, Anaís, Xavi Puig y Miércoles.

2) La palabra que debéis incluir en los relatos de esta semana es: carretera. El máximo número de caracteres son 1.000. El plazo termina el domingo 27 de mayo a las 23h. ¡Suerte!

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11 pensamientos en “Salgamos a la carretera (y II microantología de relatos)

  1. Miercoles dice:

    13.12.2011
    Estoy en un motel de carretera: California, San Luis Obispo.
    Norman Bates acecha. Me cae bien, siempre me ha parecido un tipo elegante y de modales exquisitos (aunque algo nervioso) Probablemente me invite a sandwiches con un vaso de leche y me explique por qué diseca pájaros y por qué a su madre no le gusta que hable con chicas. Si acepto su invitación se que las cortinas del baño de mi habitacion se teñirán de rojo. Si no lo hago, se que jamás le conoceré. Fuera suena el sonido de una moto y, de vez en cuando, algún coche perdido deslumbra con sus faros la ventana.
    La habitación es extraña. La Biblia yace en un cajón, como en todos los moteles de Estados Unidos. Los muebles son de hace siglos, de madera marrón, sin brillo. Un orejero, desvencijado, hace las veces de perchero improvisado. El suelo, extrañamente enmoquetado, enfunda la habitación de tonos grises y azules desgastados. El baño blanco, impoluto, esperando teñirse de crimen. Mi habitación la 226. Él ya lo sabe y tiene otra llave. Son solo las 21:00 pero parecen las 3 de la mañana. La ciudad duerme. Yo no. tengo una cita…

  2. Canigab Girl dice:

    Yo y Cánigab llevábamos días perdidos, caminando arriba y abajo por aquella carretera. De pronto, un muerto que no habíamos visto antes, nos salió al paso. Yo sonreí a Cánigab, parecía que las cosas empezaban a animarse. Cánigab negó con la cabeza.

    – No. No lo haré. Es repugnante.
    – ¿No tienes hambre?
    – Sí… pero no puedo comerme a un muerto.
    – ¿Y si estuviera vivo?
    – Tampoco.

    No sabía qué podíamos hacer. Tenía que comer, pero aquel estúpido de Cánigab tenía prejuicios. ¡A su edad! Yo al menos, aún era joven, aunque demasiado joven para tener colmillos. Necesitaba que él comiese por mí, lo triturase, lo digiriese y luego lo escupiese dentro de mi boca. Pero parecía mucho pedir… Estúpido… Nos moriremos por su culpa. Si consigo sobrevivir lo suficiente para que me salgan los dientes, te arrancaré un brazo y me lo comeré y lo regurgitaré en tu boca para que no te mueras y así recuerdes todos los días del resto de tu angustiosa vida, que hubiese sido bastante más fácil hacerme caso.

  3. Nagore dice:

    Era noche cerrada, caía una lluvia suave pero ininterrumpida y la niebla cubría la noche con su manto blanquecino.

    Un hombre iba conduciendo su coche por la carretera, deseoso de llegar a su casa después de un largo fin de semana de trabajo.

    En una de las curvas del camino, vió a una autoestopista, una joven rubia, demacrada y pálida, empapada por la lluvia, con un largo vestido blanco desgarrado y sucio de barro. Este hombre se apiadó de la joven y, pisando los frenos, decidió llevarla consigo y acercarla hasta el pueblo más cercano.

    El hombre y la joven fueron hablando a lo largo del camino, cuando, en un momento dado, antes de llegar a una de las curvas más cerradas y peligrosas de las cuestas, la joven le avisa de que reduzca la velocidad hasta casi detenerse y que pase muy poco a poco.
    El hombre lo hace, y comprueba, asustado, que, de no haber sido advertido por ella del peligro, probablemente se hubiera despeñado por el barranco. Le da las gracias, agradecido por haberle salvado la vida, a lo que la joven contesta:

    – No me lo agradezcas, es mi misión; en esa curva me maté yo hace más de 25 años, en una noche como ésta…

    Y después de pronunciar éstas palabras, desapareció, dejando como única prueba de su espectral aparición, el asiento húmedo del acompañante por sus ropas mojadas…

  4. Anaís dice:

    Llevaba años caminando. No sabría precisar cuántos. Al principio le resultaban irresistibles los caminos pedregosos y con curvas, pero desde que descubrió las carreteras asfaltadas era incapaz de alejarse de ellas. Había dejado atrás decenas de áreas de servicio y algunos pueblos encantadores, donde siempre se despedía de alguien con más o menos pena. Pero nunca había vuelto la vista atrás. Un día creyó oír un ladrido lejano a su espalda y se acordó de aquel perro labrador con el que caminó durante un tiempo, hacía muchos años. Se volvió solo un instante, no pensaba ni siquiera detenerse, pero un miedo sobrehumano le paralizó. Justo detrás de su último paso se abría un precipicio escarpado. Se asomó y contempló la nada más absoluta. Se giró de nuevo, con el corazón agitado, deseado no haberse dado la vuelta jamás, y se dio cuenta de que delante de sus ojos se elevaba una montaña en la que no se había fijado antes. En la cima revoloteaban aves de colores y un puñado de árboles proyectaba una sombra deliciosa. Pero no se sentía con fuerzas de alcanzarla. Había visto la nada, y ya solo podía pensar en ella. Se tumbó sobre el asfalto. Estaba caliente, como el vientre materno. Y esperó.

  5. Marbellí dice:

    Con la cabeza baja y la chaqueta sobre los hombros, las manos en los bolsillos y las piernas una tras otra, un hombre caminaba en la noche, sin saber adónde.
    El relente que caía le estaba entumeciendo por completo pero, no parecía darse cuenta de ello.
    Delante de él, la carretera discurría suavemente, clara y acogedora, como el río de plata de un nacimiento navideño. La luna llena, sin una sola nube que la estorbase, iluminaba la tierra y eclipsaba dulcemente las estrellas cercanas.
    Supuso que serían las dos o las tres de la madrugada, horas que en algunos lugares llaman menguadas, aquellas en las que las almas de los moribundos temen, pues no saben aún si, en breve, se elevarán hacia el cielo o se hundirán en las tinieblas.
    A unos metros, cerca de la cuneta, distinguió un árbol poco frondoso. Al llegar a su altura buscó refugió debajo de él. Se recostó, helado de frío, contra el tronco y se arrebujó con la chaqueta. El aleteo de un pájaro, despertado de su sueño y que cambiaba de rama con precipitación y torpeza, le sobresaltó.
    Amaneció Dios y encontró al árbol solitario. El ave, madrugadora, volaba hacia rato, mientras a lo lejos se divisaba la figura de un hombre cansado que regresaba a casa.

  6. Silvia. dice:

    Cuando pude detenerme, la carretera donde había dejado el coche era ya una línea negra entre kilómetros de campo. Percibí a mí alrededor cierto bullicio propio de los pueblos de la costa, pero aquel lugar distaba de parecerse a nada conocido. Ya sentada, intenté normalizar mi respiración mientras hacía un recuento mental de todo lo sucedido desde aquella mañana. Me había despertado antes el calor que la alarma del móvil; el ambiente enrarecido y la ausencia de ropa en la silla del salón me hicieron pensar que algo raro estaba sucediendo. En la ducha, me llamaron la atención las marcas de carmín en una toalla, que se repetían en tazas, vasos y cubiertos. A pesar de estos detalles, desayuné tranquila, pensando que Jorge se habría traído alguna chica a casa. Sólo me asusté de verdad al echar en falta la maleta. Nerviosa, corrí al despacho y vi la nota en el escritorio. Mis temores se confirmaron tras la lectura de las primeras líneas. Sin pensarlo, cogí el coche, con la intención de conducir hasta perderme. Ya lejos de casa, compruebo que mi móvil no tiene batería, la angustia me invade, salgo del coche y echo a correr.
    Ahora espero, más perdida que nunca. Está anocheciendo.

  7. Soriano dice:

    “Una larga carretera
    entre grises peñascales…”

    Así era la carretera que le llevaba todos los días a la fábrica.
    Uno tras otro, como los pasos de la Semana Santa, como los lejanos días de la escuela o las interminables tardes somnolientas de los ancianos, recorría aquellos duros kilómetros como un alma en pena.
    Desde la primera vez que la pisó, la carretera permanecía invariable. Siempre los mismos paisajes, las consabidas curvas y el perenne cascajillo suelto que le iba destrozando, poco a poco, las pobres zapatillas.
    En las largas caminatas diarias, al observar el manido panorama que encontraba a derecha e izquierda, cuando aguantaba el sol que le abrasaba o el frío que le atería, se lamentaba de su vida, que veía transcurrir de manera insoportable y sin ningún sentido.
    Deseaba a cada momento que ocurriese una novedad, cualquier señal de cambio; buena o mala le era casi indiferente. Lo que fuese, pero que terminase con aquella rutina, con aquella agonía de ir desgranando a diario un tiempo que no merecía vivirse.
    Y un día pasó algo, nunca se supo qué, pero desde entonces no regresó a la carretera, no tuvo que volver a ver:

    “Zarzas, malezas, jarales…”

    Los versos, entrecomillados, son de Antonio Machado.

  8. Dalton dice:

    Me relamía las heridas porque con el calor me supuraban.
    Estaba sentada al pie de una escalera en un bar de carretera. Todo eso rimaba con las colillas pisadas, esparcidas entre el polvo y la arena.
    Lo que no rimaba era mi tristeza bajo el sol, que se secaba hasta languidecer cómo una uva pasa. Cómo la piel de una vieja a la que no le quedan lágrimas que derramar y toda su desdicha la consume por dentro. Ciertamente, yo no era una vieja, estaba bastante así, bien, y lo único que me consumía era mi cigarro. Así que lo tiré a la carretera con los demás cadáveres y entré en el bar a pedirme una coca-cola. Tres tristes hombres me miraron al pasar y tres tristes cucarachas salieron corriendo entre las servilletas del suelo.
    Era uno de esos sitios surrealistas de los que te alegras por no pertenecer de forma perenne a ellos, e incluso te pones contento al observar las caras y las vidas de la gente que son como medio de museo de terror y medio de cera, y circo.
    Anduve indecisa aun rato, no quería empezar a desilusionarme tan pronto. Compré un disco de esos que solo venden en las gasolineras y que están descoloridos por el tiempo, y me puse en marcha otra vez.

  9. No-é dice:

    Erasé una vez un perro con monóculo. Carretera.

  10. Dalton dice:

    Me relamía las heridas porque con el calor me supuraba.
    Estaba sentada al pie de una escalera en un bar de carretera. Todo eso rimaba con las colillas pisadas, esparcidas entre el polvo y la arena.
    Lo que no rimaba era mi tristeza bajo el sol que se secaba como una uva pasa. Cómo la piel de una vieja a la que no le quedan lágrimas que derramar y toda su desdicha la consume por dentro. Ciertamente yo no era una vieja, estaba bastante así, bien, y lo único que me consumía era mi cigarro. Asi qué lo tiré a la carretera con los de más cadáveres y entré en el bar a pedirme una coca-cola.
    Tres tristes hombres me miraron al pasar, y tres cucarachas salieron corriendo entre las servilletas del suelo. Era uno de esos sitios surrealistas en los que te alegras por no pertenecer a ese lugar de forma perenne, e incluso te pones contento al observar las caras y la vida de la gente, que son como medio de museo de terror y medio de circo.
    Anduve indecisa un rato, no quería empezar a desilusionarme tan pronto. Compré un disco de esos que solo venden en las gasolineras y que están descoloridos por el polvo, y me puse en marcha otra vez.

  11. Rubén dice:

    CARRETERAS
    Hay quien se lleva el hilo de cobre de una obra o sustrae el material de los polígonos industriales. Con la crisis empezamos a desvalijar los tramos de carretera. En el mercado negro por cada kilómetro de grava y hormigón nos pagaban veinte euros; tres por las señales, seis por los semáforos, dos por los pasos de cebra y cuatro por los quitamiedos. El procedimiento era muy sencillo enrollábamos los tramos de asfalto y nos los llevábamos a casa como si fuese una alfombra. En unos días sumimos al país en el caos. Sin vías por las que circular resultaba imposible que las personas acudiesen a sus centros de trabajo. Casi de inmediato se redujeron los accidentes, disminuyó el consumo de gasolina y ya no se vendieron más coches. Total, ¿para qué los querían? Las personas recurrían a otros medios de transporte como el bote, la canoa o el barco. Cuando eso ocurrió comenzamos a hurtar el agua de mares, lagos y pantanos.

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