Una palabra un poco menos peligrosa: toalla

El  viaje por la carretera ha concluido con un total de 10 historias. ¡Muchas gracias a todos! Mañana os presentaré al autor de mi microrrelato favorito.

He de decir que yo quería escribir un cuento que condensase las vivencias de un motorista que huye de su pasado de huérfano y encuentra en la chupa de cuero y en la actitud desafiante y temeraria una manera de exprimir la vida y disfrutar a partes iguales de naturaleza y olor a gasolina. Y por eso hice traer un par de guantes de cuero, me despedí de todos y llamé a Teletaxi.

En menos de una hora estaba solo en la autopista A6 bajo un sol de justicia. Dije adiós al conductor, me situé en el arcén y esperé a que una jauría de motoristas con gafas de sol y bigote aparecieran en el horizonte y me adoptaran un par de días.

A pesar de que no dejé de levantar mi pata, solo me crucé con turismos que me ignoraron a más de cien kilómetros por hora. Lo más cerca que estuve de la hermandad de la carretera fue cuando un camionero tiró a la cuneta los restos de un bocadillo de panceta que aterrizaron en mi hocico. Poco a poco el sol, el ruido y el polvo amenazaban con hacer peligrar mi cordura. Entonces, a lo lejos, creí vislumbrar el taxi que me había acercado al infierno y di por hecho que no era más que un cruel espejismo. Sin embargo, Manolo abrió la puerta y me preguntó  si estaba seguro de seguir con mi aventura (él había ido a buscar una cerveza sin alcohol en la estación de servicio más próxima). Con la energía de un potro, me quité los guantes, salté al asiento del copiloto y grité: ¡Rumbo a la civilización!

Fueron los diez minutos más angustiosos de toda mi vida.

La palabra que debéis incluir en los relatos de esta semana es: toalla. El máximo número de caracteres son 1.000. El plazo termina el domingo 3 de junio a las 23h. ¡Suerte!

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15 pensamientos en “Una palabra un poco menos peligrosa: toalla

  1. Después de la noche en la que decidí renunciar al tiempo, mi vestido quedó impregnado de Lady Million, mi cuello de su colonia, el ambiente de humo de tabaco, nuestros cuerpos de las caricias que nos habíamos estado callando, tanto tiempo.

    Y el silencio, que se cuela en todas las fiestas aunque no se le invite, se molestó en subir la toalla que dejaba entrever el comienzo de aquellas piernas, que parecían no tener fin.

  2. Nagore dice:

    Después de pasar un rato en las hogueras de San Juan, decidieron caminar un rato a la orilla de la playa, cogidos de la mano.

    Encontraron un rincón apartado del bullicio de la gente, que entre copa y copa y arropados por la noche mágica se hacían promesas, muchas de ellas, difíciles de cumplir.
    En aquél recóndito lugar estiraron la toalla, se sentaron el uno al lado del otro y se empezaron a besar. Entre besos y abrazos ambos se fundieron y durante unos minutos fueron uno, en vez de dos.

    Aquella noche sí que era mágica para ellos.

  3. Miercoles dice:

    Aquella mujer, perfectamente imperfecta, se introdujo en el mar y remojó su curvilínea anatomía frente al hotel en el que se alojaba.
    Su bañador nada disimulaba ya que ni su barriga, ni sus prominentes caderas, ni sus orondos muslos, tenían por qué ser ocultados; era redonda, rubia y hermosa.
    Además era miope y cuando entornaba los ojos en busca de algún hombre, inofensivo y cariñoso, que la enamorara (los que llevaban gafas eran su perdición), resultaba tan sexy que cualquiera hubiera dado el alma por cruzarse con su mirada.
    Después de su baño, saliendo ya del agua, uno de esos hombres que tanto ansiaba le puso la zancadilla y… ¡zas! cayó rendida a sus pies totalmente anonadada. Él, todo un caballero, le ofreció una toalla que ella utilizó para deshacerse de la arena que sobre su cuerpo húmedo reposaba.
    Era músico y se acostaba a las 3, saxofonista, pero le hizo creer que poseía una compañía petrolera, millones de dólares, un yate (el Nuevo Caledonia) y que usaba gafas.
    Cuando la verdad salió a la luz poco le importó; estaba tan perdidamente enamorada que pensó: “Bueno, nadie es perfecto…” y le besó apasionadamente, en una góndola veneciana, bajo el Puente Rialto.

  4. Canigab Girl dice:

    “Coges una toalla de tamaño medio”, dijo el hombre con voz serena. Los niños, con pantalones cortos y corbatas diminutas anudadas a un cuello blanco hielo, estaban sentados a su alrededor mirándolo embelesados. Las dos mujeres, apoyadas en el quicio de la puerta, lo miraban en silencio y sonriendo con sendos martinis en las manos. Siempre les gustaba ver como sus hijos se comportaban como hombrecitos y más en una fiesta tan importante como aquella. “Tiene un don con los niños, ¿verdad?”, le dijo una a la otra con una sonrisa que dejaba ver un diente de oro y una lengua blanquecina por el alcohol. “Sí. Lo adoran. Los niños lo adoran.”, contestó la otra complacida, terminándose de un trago su copa. El hombre seguía explicando arrodillado en la tarima: “Y ahora tendéis la toalla en el suelo. Paolo, ven y trae eso.” Paolo llegó con un frutero y lo puso a los pies del hombre. “Escogemos sólo las naranjas, ¿entendéis?. Ni manzanas que son muy duras, ni peras que se rompen enseguida” Los niños, conteniendo la respiración, esperaban con los ojitos muy abiertos la magia que estaba a punto de suceder. “Y ahora…doblamos así, y retorcemos la toalla para que no se caigan las naranjas.” Los niños lanzaron un “Ohh” de admiración. El hombre se levantó con el hatillo de naranjas en cogido fuertemente en su mano derecha y sin dejar de sonreir, hizo un gesto a la mujer del diente de oro para que se acercase. “Y ahora…”, dijo el hombre con tono de jefe de pista, “¡Vamos a probarlo con Tía Jenny para que veáis que es cierto que no deja marca!”.

  5. pol dice:

    T oallas bailan sobre el césped verde,
    O ndean blancas y majas;
    A zul celeste ríe el cielo.
    L loran las pocas nubes
    L luvia triste.
    A mapolas monas.

  6. abencerraje dice:

    El inspector Gómez, de la policía Criminal, se desvió de la carretera para llegar a la dirección que le habían indicado. Era un paraje siniestro, lleno de hierba y de flores y justo en medio del campo.
    La casa debía tener más de cien años y estaba pintada de azul, como la muñeca. Entró y saludó a los compañeros que le guiaron hasta la escena del crimen.
    Era una habitación oscura y con las persianas bajadas. Después de pedir que las subieran, le llamó atención lo luminosa que era y el ventilador que había en el techo; bueno exactamente lo que colgaba de él.
    Era un hombre desnudo, con cada una de las extremidades atada a un aspa y la cabeza colgando hacia el suelo.
    Tenía un cuchillo clavado en el cuello y en la hoja, a medio enterrar, se podía leer: ARCOS.
    Memorizó el nombre, miró al suelo buscando el charco de sangre y se quedó helado.
    Justo debajo de la cabeza había una toalla de gran tamaño doblada cuidadosamente en dos, la cual había impedido que la madera se manchase.
    No había ningún asesino. Era una asesina. Una cosa así solo se le podía ocurrir a una mujer, una mujer mayor.
    Pensó en su madre, pero descartó la idea.
    Carretera, ventilador, toalla.
    Hum. Demasiadas pistas, aquello le recordaba ……

  7. Anaís dice:

    Un ático luminoso, lleno de plantas. Suena el timbre. Una joven, descalza, corre a abrir.

    VENDEDOR: Le traigo una oferta que no podrá rechazar.

    El vendedor guiña un ojo.

    JOVEN: Usted dirá.
    V: Tengo las mejores toallas del mercado. Toque, toque. ¿No son suaves? Y se conservan igual tras cien lavados.
    J: Oh, muchas gracias, pero yo no uso toallas.
    V: De acuerdo, por ser usted le ofrezco dos al el precio de una.
    J: No, de verdad. Tengo la costumbre de secarme al aire. Me gusta sentir las gotas de agua evaporándose sobre mi piel. A veces, incluso salgo al balcón. No hay momento en que me sienta más viva…
    V: Pero son toallas portuguesas, ¡de la mejor calidad! Y las tengo en ocho colores.

    La joven acaricia una de las toallas mientras el vendedor sigue hablando, sin que se escuche lo que dice. Finalmente, la joven tira de la toalla, le da un billete al vendedor y cierra la puerta con prisa. Se apagan las luces.
    La estancia ahora es un baño. La toalla está en el suelo y la joven llora desconsoladamente, tapándose la cara con las manos. Levanta la vista hacia el espejo y en él se refleja un rostro sin rasgos. Coge la toalla y se frota insistentemente la cara.

    J: ¡Qué estúpida! ¡Me compró él a mí!

  8. Rubén dice:

    Hubo un tiempo en que iba con mis padres a la playa. Poníamos la sombrilla, extendíamos la toalla y pasábamos el día al sol. Me gustaba construir castillos de arena que luego las olas derruían. Disfrutaba comiendo emparedados de atún y haciendo aguadillas a mi hermano. La historia se repitió el día en que crecí. Pero esta vez yo era quien llevaba a mis hijos de vacaciones para que admirasen el mar. Lo pasábamos en grande. Buscábamos caracolas, inflábamos la colchoneta y navegábamos por la orilla como piratas. Ahora, desde que mis hijos me metieron en la residencia ya no voy a ningún sitio. Los médicos dicen que no estoy bien. Olvido las cosas, confundo los rostros y piensan que me falla la memoria. ¡Qué sabrán ellos! Algunas mañanas al despertar en esta habitación que huele a fármacos y leche agria, me gustaría levantarme de esta silla de ruedas, coger una toalla, ponerme el bañador y sumergirme para siempre entre las olas.

  9. MI3RCOL3S dice:

    Halloween. Mucho calor para ser 31 de octubre. La noche prometía. Desde que bajé a la calle noté que el espíritu de la fiesta de difuntos lo inundaba todo. Calaveras, brujas, niños jugando a ser asesinos con cuchillos de plástico se perseguían, chillaban…

    Al coger el coche por la calle de siempre empecé a notar un extraño olor que se colaba por los filtros. Será la alcantarilla, pensé.

    Al cabo de 10 minutos el olor persistía y me eché a un lado de la carretera decidida a buscar el origen de la peste. Había poca luz en ese tramo cercano al parque de la Avenida. El olor del césped mojado por los aspersores de riego me dio un respiro al bajar del coche, donde el olor se había convertido en insoportable.

    Empecé a utilizar mi pequeña nariz para olisquear de dónde procedía aquel hedor y acabé rodeando el coche. El maletero.

    Lo abrí y ahí estaba. Sabía que lo había dejado en algún sitio. Mi última víctima fue un hueso duro de roer…o de cortar. Me costó casi seis horas hacerle trocitos. Hasta tuve que bajar al chino a comprarme un Powerade de esos azules para reponer energía.

    Cogí aquel muñón que empezaba a echar un líquido apestoso por la descomposición, lo envolví en una toalla y lo tiré allí mismo entre los árboles.

    Tendré que pasar por la gasolinera a por un bote de ambientador, pensé, por mucho Halloween que sea no es elegante ir oliendo a muerto.

  10. Perro con Monóculo dice:

    Me enjuago las manos en el lavabo y no me creo lo afortunado que soy. Semanas armándome de valor para invitar a Daniela a cenar y ella va y acepta con toda la naturalidad del mundo. Tiene una sonrisa preciosa, no entiendo por qué se tapa los dientes cuando se ríe. Me seco las manos en la toalla negra con el nombre del restaurante y confío en que me dejen de sudar de una vez. Me ha encantado que me contara tantas cosas de Lyon, a ver si otro día no le da vergüenza hablarme en francés, tiene que estar monísima suavizando las erres. Me asomo al pasillo para mirarla un momento a escondidas. El camarero acaba de traer los cafés, terrones de azúcar y un taco con más tarjetitas negras con el nombre del restaurante. Daniela coge una y mira desconfiada para ambos lados, como si pensara robarla -¡puedes llevarte las que quieras, preciosa!-. Vuelve a protegerse la cara con una mano, formando un escudo que esconde su boca, y se acerca la tarjeta a la cara, tanto que parece que quiera olerla. Introduce el cartón en su boca y con un rápido movimiento de sierra se deshace de algo entre sus muelas.

    Vuelvo a la mesa. La noto más relajada, está contenta y ha dejado de taparse los dientes al reír.

    Ya no me sudan las manos.

  11. Xavi Puig dice:

    Se metió en el ascensor con la intención de darle al botón que le pidiera el cuerpo. Cualquier piso menos el suyo, esta vez iría a la aventura. Intuía que los descansillos se parecían entre sí, que eran todos del mismo color salmón. Pero, ¿y si eran muy distintos? ¿Y si en otros pisos había litografías de Miró, plantas o hasta un corcho para colgar avisos? Cerró los ojos y pulsó el botón del sexto. Se le encogió el estómago cuando el elevador siguió subiendo por encima del cuarto. Flirteó incluso con la imagen de la cabina estrellándose contra la azotea, atravesando el edificio como una bala, dibujando una trayectoria errática en el cielo. Pero paró en el sexto, como estaba previsto. Entonces él abrió la puerta hacia lo desconocido, hallando solo oscuridad. Nervioso como estaba, no encontró el interruptor de la luz, y eso que lo buscó con la mano, arrimado a la pared como un gato asustado. Oyó un golpe lejano que le sobresaltó y, tembloroso, reculó hacia el ascensor sin mirar atrás. Le dio al botón del cuarto y regresó a su casa, al refugio. Tranquilo, no ha pasado nada. Nunca se arrepintió de haber tirado la toalla. Su vida estaba bien así. Y finalmente murió un lunes, como estaba previsto.

  12. Llegó a la piscina municipal, serio, concentrado. Enseñó su carné plastificado y la taquillera le dejó pasar con una involuntaria reverencia.
    Escogió un lugar idóneo en el césped. Ni demasiado expuesto, ni demasiado lejos. Extendió la… el… ese trozo de tela así como de felpa… ya me entendéis.

    Hubo chillidos sordos de admiración cuando se quitó la camiseta. Él también había sido adolescente, sabía que era inevitable. Ahora era el presidente de la Asociación Mundial de Chulos Piscineros, un profesional del medio, un mito, un bronceado con ojos.
    Se tumbó en la… en la tela esa, un rectángulo perfecto con el dibujo de un atardecer, una playa y una palmera en escorzo.

    Fase 1: Combustión. Fase 2: Ducha y largo en la piscina.
    Para la segunda fase hacían falta años de experiencia y algo de talento innato. Aguantar la respiración, ser marmóreo, estiloso. Un hombre cualquiera sin el debido entrenamiento jamás podría soportar la presión de ese paseo hasta el agua.

    Ni siquiera regresó a su… a su toalla, eso es. El corte de digestión le pilló por el camino.
    Creíamos que estaba haciendo el tonto. Pero no. Se desmayó y se ahogó en la piscina infantil.
    Todo héroe clásico tiene su hybris y su tragedia.

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