Un pedacito de asfalto para la galería (y medidas de supervivencia)

Después de mirar a los ojos de la inanición, la deshidratación y la insolación en menos de media hora, siento miedo de que la muerte se presente en mi casa sin invitación. Llamadme paranoico, pero he decidido que haré todo lo posible para burlarla con gracia.

Mis objetivos para esta semana son:

– Estar comunicado en todo momento para contactar con la Embajada en caso de infarto o accidente doméstico: comprar un busca.

– Desterrar -¡para siempre!- los fritos de mi dieta: despedir a la gallina cordobesa (o esconderle los bidones de aceite de oliva).

– Reforzar mi musculatura, practicar ejercicios cardiovasculares y elevar mi espíritu a través de la música: rescatar los VHS de “Aeróbic con Jane Fonda”.

Y ahora, con las cosas claras, llega el momento de presentaros a la autora de mi microrrelato favorito con la palabra carretera. Además, ella fue la persona que inauguró, con un hueso, mi galería de retratos. ¡Brindemos por ella y por su cuento!

Autora: Anaís

Llevaba años caminando. No sabría precisar cuántos. Al principio le resultaban irresistibles los caminos pedregosos y con curvas, pero desde que descubrió las carreteras asfaltadas era incapaz de alejarse de ellas. Había dejado atrás decenas de áreas de servicio y algunos pueblos encantadores, donde siempre se despedía de alguien con más o menos pena. Pero nunca había vuelto la vista atrás. Un día creyó oír un ladrido lejano a su espalda y se acordó de aquel perro labrador con el que caminó durante un tiempo, hacía muchos años. Se volvió solo un instante, no pensaba ni siquiera detenerse, pero un miedo sobrehumano le paralizó. Justo detrás de su último paso se abría un precipicio escarpado. Se asomó y contempló la nada más absoluta. Se giró de nuevo, con el corazón agitado, deseado no haberse dado la vuelta jamás, y se dio cuenta de que delante de sus ojos se elevaba una montaña en la que no se había fijado antes. En la cima revoloteaban aves de colores y un puñado de árboles proyectaba una sombra deliciosa. Pero no se sentía con fuerzas de alcanzarla. Había visto la nada, y ya solo podía pensar en ella. Se tumbó sobre el asfalto. Estaba caliente, como el vientre materno. Y esperó.

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