Microrrelatos con microondas

Amigos, estoy ocupadísimo ultimando detalles de mi fiesta. Ayer os conté cómo fue el ensayo general, ahora solo falta construir las esculturas de fruta y hacer la prueba de vestuario. Había pensado encargar una escultura mía de hielo a tamaño real, pero la alondra amenazó con no venir a la fiesta si seguía adelante con esa “bochornosa idea”. Mi única intención era que la escultura helada reflejase la naturaleza fresca y efímera de una buena fiesta, pero ella -¡malpensada sin escrúpulos!- lo ha interpretado como un acto de egolatría sin límites.

Os informo de que tengo una nueva palabra para los microrrelatos de esta semana. No la leeréis en las historias de Proust, Flaubert ni Quevedo, pero eso no le resta belleza ni potencial. Se trata de: microondas.

La longitud máxima será de 1.000 caracteres y la fecha límite para enviarlo es el domingo 17 de junio a las 23h. Dejad vuestros microrrelatos en los comentarios de esta entrada. ¡Buena suerte a todos!

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5 pensamientos en “Microrrelatos con microondas

  1. Maximus dice:

    Ramón pisó una caca y lo vio todo el mundo. Literalmente. El fascinante hallazgo de un excremento en la superficie de Marte restó protagonismo a aquella proeza de la aeronáutica espacial, a aquel momento histórico retransmitido a través de enlaces de microondas bidireccionales a las televisiones de más de doscientos países. Eclipsó incluso la españolidad de aquel astronauta que, seleccionado entre los mejores, soñaba con recuperar la dignidad de la piel de toro con un pequeño paso para el hombre, convertido en gran guasa para la humanidad. Aquella inesperada deposición era, tal vez, el mayor reto al que se había enfrentado jamás la ciencia: ¿quién o qué había habitado el planeta rojo y dejó aquella huella inerte, perenne gracias a la falta de oxígeno? Ya habría tiempo para el asombro. Por el momento, el mundo se apresuró a cachondearse de Ramón, aquel prohombre que, con la rojigualda al hombro, la Tierra a su espalda y una mierda a sus pies, simbolizó el destino de una especie irrescatable que orbita ineludiblemente en torno a la única fuente de luz de su limitado sistema.

  2. Nagore dice:

    Me duele tanto la cabeza que la metería en el microondas y la dejaría explotar, de no ser porque pondría todo hecho un cristo y luego habría que fregar.

  3. Alisa encendió el libro y la historia comenzó por donde la había dejado. Un grupo de personas de las comarcas salvajes de La India portaban a una mujer hacia una pira donde sería quemada viva junto a su difunto marido. A Phileas Fogg le sobraban doce horas y se había propuesto salvarla.
    Las microondas que salían del aparato vibraban y coloreaban la habitación llenándola de personajes, paisajes y diálogos. Los actores se movían de un lado a otro recitando sus líneas. Si ampliabas lo suficiente el holograma, podías ver las gotas de sudor que caían por su frente.
    Justo cuando Fogg se había deslizado a la pagoda para fingir ser el marido muerto de la mujer y llevársela en brazos haciendo creer que había resucitado, el papá de Alisa gritó desde la cocina: “¡A cenar!”.
    Alisa no se lo podía creer. Los actores, interrumpidos una vez más en el fervor de sus interpretaciones, menos todavía.
    – No os mováis. Vuelvo en un rato.
    Y allí aguardaron los actores, una vez más, a la espera de que volviera la pequeña lectora y diera sentido a toda aquella historia.

  4. Caballo Loco dice:

    Desde que se recordaba, la abuela siempre había calentado la leche en un cazo.

    Una vez sí y otra también, se despistaba, y la leche solía terminar derramándose sobre el fuego, en medio de aspavientos y lamentaciones.

    En cierta ocasión, uno de sus nietos, durante un corto viaje al pueblo, apareció con un microondas.

    Como la mujer ya estaba muy mayor, le tuvieron que gritar las excelencias de aquella cosa que le habían regalado.

    A pesar de los gritos, parece que no terminó de enterarse del todo.

    Lo colocaron encima de una pequeña repisa, pero, al ir a conectarlo a un enchufe, se dieron cuenta que no había ninguno a mano.

    Su nieto, antes de irse, dejó encargado al electricista del pueblo la instalación del aparato.

    Cuando el invento por fin echó a andar, la abuela se dio cuenta de lo bonito que era y se le iluminaron los ojillos.

    Aprendió a ponerlo en marcha. Solo había que darle al botón que le habían marcado con un rotulador rojo.

    Y sentada enfrente, se pasaba las horas muertas viendo como giraba, dentro del bicho aquel, un plato de cristal que no parecía cansarse nunca.

    Lo malo era que de tanto mirar al artilugio, se olvidaba de vigilar el cazo, y la leche se le terminaba saliendo igual que antes.

  5. Anaís dice:

    A las ocho de la mañana ya no podía pegar ojo. ¿Por qué no podré recuperar ahora todo lo que no dormí de joven?, pensó. Pero no, el cuerpo ya no le descansaba igual. Se duchó evitando tocar los pliegues de piel caída, que le deprimían mucho, sobre todo los lunes. Recitó su nombre y su dirección de memoria, órdenes del médico, y salió a pasear. Eligió banco para sentarse a mirar pasar a la gente. Se lo pensó bien, ¡era el momento álgido del día! De vuelta a casa, compró una barra de pan juntando los centímos sueltos por el bolsillo.

    Abrió el congelador y el frío le recordó a la primera vez que metió una trufa en nitrógeno líquido. Sacó la bandeja de canelones. Estaban duros como una piedra, imposible deconstruirlos. Durante los cinco minutos que dieron vueltas en el microondas a ochocientos vatios, su vida entera pasó delante de sus ojos, como en las películas.

    Las necrológicas omitieron el último detalle. La asistenta guardó el secreto. Antes de llamar a la ambulancia, limpió los restos de tomate de la cara del cocinero, tiró la bandeja de comida precocinada y lo arrastró hasta la cama. Cuando llegaron los médicos, toda la casa olía a sorbete de roquefort con gelatina caliente de manzana.

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