La fiesta

Todo estaba meticulosamente preparado, las esculturas de fruta, la cubertería de plata, el disco de ABBA Gold. A las 20,30h. mis invitados comenzaron a llegar, bien vestidos y sonrientes. Oculto bajo una alfombra persa, yo les observaba desde el palco de la tercera planta, deseoso de que el reloj anunciase las nueve para hacer acto de presencia.

A cinco minutos del gran momento me di cuenta de que algo fallaba, no había reparado antes en ello pero era evidente que había demasiada luz. El Sol -¡astro egocéntrico y traicionero!- parecía no tener intención de retirarse para mi función. ¡Maldito horario de verano! Tal y como habíamos ensayado, la alondra apagó todas las luces y se dispuso a presentarme. Se suponía que debía ser un momento teatral en el que la casa entera se quedara a oscuras y, sin embargo, los últimos rayos del día se colaban a sus anchas por los enormes ventanales del salón. ¿Dónde estaba la penumbra que me permitiría salir de mi escondite y subirme al cojín de terciopelo sin ser visto? ¿Dónde estaba la negrura que me ayudaría a sorprenderles desde el techo en el preciso momento en que se encendiera el foco, y no antes?

Decidí improvisar. Mientras la alondra se deshacía en elogios hacia mi persona yo aprovecharía para subirme disimuladamente a mi cojín mecánico. Después de todo, estaba a tres metros de altura sobre mis invitados y si era lo suficientemente discreto nadie me vería. Es verdad que no sería tan espectacular como surgir de entre las sombras, pero era eso o saludar desde el palco como una vieja. Cuando ya tenía tres patas sobre el mullido terciopelo, alguien a quien de repente le entraron ganas de admirar los frescos del techo me señaló desde abajo y gritó:

-¡Se va a matar!

Alarmados, mis exquisitos invitados comenzaron a chillar y a suplicarme que, por el amor de Dios, no me suicidara. Intenté concentrarme (“El espectáculo debe continuar”, me repetía a mí mismo) y activé, tembloroso, el mecanismo de la polea, confiando en que verme descendiendo de las alturas como un arcángel los calmase. ¡Y por un momento ocurrió! Logré bajar una distancia considerable ante el silencio de un público atónito, estaban tan callados que se podía escuchar el rechinar de la polea. Creí haber enderezado la situación, cuando la histérica Condesa de Lloret de Mar intentó darme caza (“salvarme de una muerte segura”, según su versión de los hechos) usando su larguísimo collar de perlas a modo de trampa para conejos. Yo estaba rígido, inmóvil y con los ojos clavados en el techo, así que no vi venir la horca perlada que, aunque no me rozó, sí golpeó mi cojín, desestabilizándome y dándome un susto de muerte.

Caí de espaldas, como un trapo viejo, desde una altura de metro y medio.

El dolor me subió ferozmente por la espalda y, aunque afortundamente logré ahogar un ridículo chillido, no fui capaz de contener las lágrimas. El sufrimiento físico fue innegable, pero creedme si os digo que no fue nada comparado con la horrible humillación que sentí al hallarme boca arriba delante de mis invitados, con las patas abiertas y el monóculo torcido. La alondra, ¡buena amiga!, consiguió desviar la atención de esta lamentable escena dando unas palmadas y ordenando que descorcharan el champán.

Me retiré a mis aposentos durante media hora. Cené en solitario un menú de antiinflamatorios, ansiolíticos, croissants y yogur griego. Después me tumbé en la cama. Reconozco que estuve tentado de ponerme el pijama y dar por clausurada mi participación en la velada… pero alguien subió el volumen de los altavoces y las notas de “Waterloo” recorrieron la casa entera hasta alcanzarme. La inspiración me puso en pie, ladré para mí mismo y decidí que ya era hora de disfrutar de mi propia fiesta.

Bajé las escaleras, respiré hondo y abrí la puerta del salón. Fui recibido con una ovación.

En mi ausencia, la alondra le había contado a todo el mundo que aquel numerito de la caída era, en realidad, una performance de vanguardia. Un topo con americana -enamorado de la alondra desde siempre- añadió el dato de que en Nueva York había surgido recientemente un nuevo movimiento artístico llamado postespectaculismo.

En mi vida había escuchado tontería semejante. El teórico prosiguió con su explicación:

– El postespectaculismo es un movimiento novedoso y revolucionario que no busca provocar la admiración, sino el estupor, la perplejidad o la vergüenza ajena.

Todos me miraron, esperando mi réplica.

-¡Reconozco que por un momento tuve miedo de que no se entendiera! Era una apuesta muy arriesgada, pero fue un error dudar de vuestra elevada capacidad intelectual y sensorial.

Elevé mi copa y ellos levantaron las suyas:

-¡Brindo con champaña por el postespectaculismo!

Y mi fiesta, por fin, se enderezó.

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4 pensamientos en “La fiesta

  1. Chaviol dice:

    Muy bueno. Me ha encantado lo del collar-trampa para conejos de la condesa de Lloret de Mar.
    Espero que no sea la última fiesta.
    Brindo por el postespectaculismo y por lo que haga falta.

  2. Luego os metéis con los modernos, pero cuando hace falta una excusa o una teoría, allí están ellos.
    En realidad, Abba siempre es la solución.

  3. Anaís dice:

    ¿Has comprobado que los invitados hayan podido salir de tu mansión, Perro? En la última fiesta de este tipo de la que oí hablar, se quedaron encerrados y a punto estuvieron de acabar comiéndose unos a otros…

  4. […] de esos que alguien anuncia golpeando una copa de cristal con una cucharilla. Desgraciadamente, organizar una fiesta lleva demasiado tiempo y en mi blog, sin embargo, puedo compartir mis inteligentes impresiones a diario. De todos modos, […]

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