Londres, destino truncado

Amigos, ayer comenzaban mis vacaciones. Acudí al aeropuerto de Barajas y pedí, confiado, un billete de primera clase hacia Londres. La respuesta fue que no quedaban. Me ajusté llamativamente el monóculo y le espeté: “¿Sabe con quién está usted hablando?”. La mujer -chaqueta roja, botones dorados concebidos en los ochenta y mechas rubias de la misma época- no me reconoció (¡absurdo!), y su única alternativa fue ofrecerme viajar en la bodega de las maletas donde, por lo visto, habían condenado a muerte a un pastor alemán y a un gato de ocho kilos. Medité durante unos segundos mis posibilidades, todas ellas igual de bochornosas:

– Denunciar a esa mujer por desacato.
– Fingir un desmayo y confiar en la empatía ajena.
– Comprar un billete de clase turista.

Estaba a punto de optar por la menos traumática de las opciones -fingir un desmayo-, cuando el joven de chaqueta roja y sonrisa blanqueada del mostrador de al lado anuló por teléfono una reserva de primera clase con destino Barcelona. Ladré eufórico, compré ese billete y me deslicé a la sala VIP, donde logré calmar la ansiedad acumulada con dos botellas de minibar y una bolsa de nueces de macadamia. Un verdadero caballero afronta con arrojo los cambios de ruta que le depara el destino, ¡pero jamás permite que le degraden de clase social!

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Un pensamiento en “Londres, destino truncado

  1. cuca dice:

    Me pareció excelente tú decisión. Yo, en cierta ocasión, no pude conseguir un viaje en primera clase, a pesar de mi feroz, feroz insistencia. Pretendían que viajase en algo llamado “galeras o turista”, a lo cual me negué en redondo.
    Tuve que realizar el viaje Madrid-Sevilla, vía San Francisco. Después de dar la vuelta sobre el Pacífico, al sobrevolar La Habana, ya con rumbo al aeropuerto de Fiumicino (Roma), sentí un fuerte malestar que me hizo pensar en lo peor.
    Recordé entonces, que en mí país existe una cosa llamada AVE, la cual tiene vagones, que horrible palabra, especiales para los que no tomamos bocadillo con cerveza de bote a la altura de Córdoba.
    Mantén el pabellón en alto; ya quedamos pocos.

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