Shakespeare estaría orgulloso de mí

Amigos, estoy aprovechando mis últimas horas en Londres. Mi buen colega Thomas regresó finalmente de sus vacaciones y celebramos el reencuentro entre botellas de champaña y kilos de toffee. Hemos pasado unos días maravillosos y yo he ganado unas cuantas libras en el canódromo (¡apostando, no corriendo!).

Sin embargo, he de reconocer que también disfruté de los días que pasé en solitario. Huí de los mercadillos multiculturales que tanto me recomendaban las guías de la ciudad y aposté por un clásico: dar vueltas a Londres subido en calesa. Los turistas me saludaban desde el suelo, yo les retiraba la mirada con desprecio y ellos exclamaban, maravillados: “¡Es tan inglés!”. Que me confundieran tantas veces con un lord británico me dio una idea. Después de todo, no tiene mérito que alguien crea que soy un millonario orgulloso con conexiones con  La City… por eso me desafié a mí mismo con un reto a la altura de mis capacidades dramáticas: moldear mi registro hasta lograr que me confundieran con un joven macarra british.

Durante los siguientes días me apeé de la calesa, ignoré los taxis y me dirigí a los barrios de extrarradio subido en autobús. Sentado sobre el pintarrajeado banco de madera de un campo de cricket, escuché el acento de los adolescentes en chándal, forcé la desgana de su mandíbula al pronunciar las vocales y memoricé con el empeño de un estudiante de Cambridge una ristra de insultos populares. ¡Hasta masqué chicle y bebí cerveza de buena mañana en mi empeño por trabajar mi personaje!

Cuando terminó mi entrenamiento, telefoneé a casa de Thomas. Él mismo descolgó:

– Buenas tardes, ¿quién osa interrumpir?

– Oye, monguer, ¿cómo te va? ¡Ya no te acuerdas de los colegas! Joder. Déjate de arenques y vámonos de botellón, que he pillado unas Lays Paprika en el Tesco y tengo ganas de dar unos rulos por la capi, ¿que no?

Tras unos segundos de silencio y desconcierto en los que pensé que Thomas -sin duda, alertado por la ardilla- me había descubierto, mi amigo carraspeó y anunció que lo primero que iba a hacer después de colgar era llamar a un inspector de Scotland Yard para exigir que investigaran de inmediato la llamada de aquel psicótico periférico. ¡Eufórico y satisfecho, ladré y calmé a mi amigo en un perfecto inglés! Thomas tosió (el equivalente a la carcajada en Inglaterra) y mandó uno de sus tres Rolls-Royce a  recogerme a mi hotel. Nos encontramos en el corazón de Bloomsbury.

¿Te apetece un poco de brandy?- me preguntó, antes de adentrarnos en un club enteramente tapizado con cuero verde.

Mazo– respondí. Y esa fue mi última concesión al inglés más chabacano.

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4 pensamientos en “Shakespeare estaría orgulloso de mí

  1. chaviol dice:

    Se te echaba de menos, chucho estirado. De todos modos, bienvenido

  2. Maruta dice:

    Cuando vuelves querido chucho? Se te echa de menos…

  3. Perro con Monóculo dice:

    ¡Es delicioso comprobar que no os habéis olvidado de mí! Siempre supe que os sobraba buen gusto y criterio, Chaviol y Maruta. En breve estaré de vuelta con sorpresas interesantísimas que anunciaré a su debido tiempo.

  4. Nagore dice:

    Querido perro me parece muy bien que se pasee usted por todo Londres haciendo travesuras cual niño pequeño, pero le recuerdo que le invite a la gran semana grande de fiestas de Bilbao y aún no ha aparecido. Tiene de plazo hasta el domingo que se realiza la quema de la sardina.
    Espero ansiosa verle por aquí.

    Un saludo y disfrute de sus vacaciones (o de lo que le queda de ellas)

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