Inauguración con un portazo

¡Buenos días, amigos! He vuelto a mi humilde mansión, una brisa fresca se cuela por las ventanas y empiezo a fantasear con la idea de ponerme un jersey azul marino de cuello vuelto. ¡Adoro septiembre!

No quisiera pecar de soberbio, pero he de reconocer la emoción que he sentido al comprobar cuánto me había echado de menos el servicio. Algunos de los jardineros se han turnado durante mis vacaciones para dormir en mi habitación, probablemente empujados por su necesidad de sentirme cerca y recordar, aunque mitigado, el suave aroma que desprendo (mi secreto: suavizante de almendra).

¡También en las cocinas me han guardado una suerte de luto! Todos han reconocido haber sido incapaces de preparar mis platos favoritos en mi larga ausencia: no ha habido pularda trufada, secreto ibérico ni sorbete de cava . Los pobres se han pasado todo el verano pidiendo comida a domicilio, arrastrados por una fidelidad que parece sacada de otro siglo.  ¿Qué más da si han cargado todas las facturas a la casa? La lealtad no entiende de ceros.

Esta semana la alondra regresa de sus vacaciones. Yo aprovecharé estos días para visitar al sastre y ponerme al día con mis obligaciones. Una de ellas, este blog, para el que tengo preparadas jugosas sorpresas que desvelaré en unas semanas. ¡Y ahora, con sumo orgullo y renovada alegría, inauguro la segunda temporada de microrrelatos!

La palabra que debéis incluir en el primer cuento de la temporada es: portazo.

La longitud máxima son 1.000 caracteres y la fecha límite para enviarlo es el domingo 16 de septiembre a las 23h. Dejad vuestros microrrelatos en los comentarios de esta entrada. ¡Suerte a todos!

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19 pensamientos en “Inauguración con un portazo

  1. Olga Retamero dice:

    Abrió la puerta y el mundo se le cayó encima. Quiso gritarle muchas cosas pero no pudo, sus cuerdas vocales se habían quedado petrificadas, tan sólo tuvo fuerza para dar un portazo. El portazo lo dijo todo. Fue como si hablara y le dijera todo aquello que esas cuerdas vocales no pudieron decir.
    Nunca más volvieron a verse.

    • Perro con Monóculo dice:

      Yo suelo usarlos como signo de puntuación, amiga Olga. Después de un brillante alegato de los que les suelo dedicar al servicio, me retiro con un portazo a modo de punto y final. ¡Por eso en mi casa nunca habrá puertas corredizas!

  2. baby dice:

    Los vagones del metro iban de bote en bote. Decidí sentarme y esperar un nuevo convoy. Entonces se me acercó. Era un muchacho, con pinta de americano, de casi dos metros de alto, rubio, con cara simpática, de unos veintitantos años. Llevaba una enorme mochila sujetada a la espalda, que le sobresalía por encima de los hombros; unas sandalias de cuero, que dejaban ver unos dedos que habían conocido tiempos mejores y una especie de sombrero que me recordó vagamente las películas de John Ford.
    Mirándome de arriba abajo y con un español tirando a deficiente me preguntó:
    ¿Portazo?
    Yo le contesté, sin pensármelo dos veces, eso sí, subiendo el tono de voz:
    ¿Portazgo?
    Yes, Portazo,
    confirmó.
    Me vine arriba y estuvimos un rato mirando el plano del metro. Me costó Dios y ayuda hacer que me entendiese algo. Por último, pensé que lo mejor sería acompañarle; al fin y al cabo, estábamos en el andén de la línea dos y él iba a la uno.
    Llegamos a su andén, y ya sin mediar palabra, esperamos la llegada tren. Venía hasta las trancas. Al abrirse las puertas, nos despedimos con un apretón de manos y unas sonrisas de panolis.
    Él se marchó con su mochila, tan contento, y yo di la vuelta y me fui con la música a otra parte.

    • Perro con Monóculo dice:

      ¡Adoro la palabra ‘convoy’!

      Por otra parte, en mi vida he pisado el metro (por lo que me han contado no tiene vagón restaurante, que hubiera facilitado el cortejo de la protagonista de su historia).

  3. […] recuerdo que podéis mandar vuestros microrrelatos con la palabra “portazo” en los comentarios de esta entrada. Aquí podéis compartir conmigo los secretos que esconden los desvanes de vuestras mansiones. […]

  4. Nagore dice:

    Dormían plácidamente en su Hotel en Ibiza, era casi final de mes pero aquello estaba repleto de jóvenes en busca de fiesta, alcohol y drogas.
    De repente a eso de las tres de la mañana se escuchó un gran portazo, seguido de voces demasiado altas para las horas que eran. Otro portazo, y otro más.
    De seguir así muchos más días abandonarían la isla por estress en vez de por descanso.

    • Perro con Monóculo dice:

      Sencillamente, ¡intolerable! En el próximo viaje sería mejor opción elegir Japón como destino, allí las puertas se deslizan y uno evita episodios así de desagradables.

  5. armando dice:

    Como des un portazo, te acuerdas, amenacé sin mucha confianza en que surtiera efecto. No fue un portazo, fue un intento de derribo de toda la casa. Y casi lo consigue. Menos mal que como consecuencia del golpe se cargó la colección de porcelana con motivos chinescos que nos regaló la hortera de su madre, cuando lo del bodorrio, ya se sabe; y encima las dos se quedaron tan contentas. Al darse cuenta de la que había armado, casi se desmayó del disgusto. Yo me reí por lo bajini.
    Estuve quince días a pan y agua, de día y de noche, pero mereció la pena. Ahora le he echado el ojo al jarrón de metro y medio que nos endiñó su abuelo. A ver cómo se la monto para que le de un arreón a la puerta y haga carambola.

    P.D. Ya sé que estas historias no ocurren en la clase alta. Eso es algo que os perdeis, no se puede ganar en todo.

  6. Perro con Monóculo dice:

    Amigo Armando, por motivos como el que ilustra tu microrrelato empezaron a construirse los desvanes. Y, siento contradecirte, pero estos problemas ocurren en todas las casas. Yo mismo todavía tiemblo al recordar el regalo de una estirada amiga de mi madre que por mi primer aniversario me trajo… ¡un bozal de oro! Le dediqué la más intensa de mis miradas y después dije: ‘Gracias’.

  7. Anaís dice:

    El reloj marcaba las 21:12. Debía llevar, al menos, cuatro días así. Le gustaba que se hubiese detenido en una cifra capicúa. Algo preciso en medio del caos. Estaba muy cansada. Y sucia. Con la aparición de los gritos ya no se detenía ni a dormir. No había visto a nadie desde que abandonó la aldea así que, de vez en cuando, hablaba con la rama que había recogido y que usaba como bastón. La llamaba Andrés. “No podemos parar ahora, Andrés”, le decía agarrándole fuerte con la mano. “Cuando lleguemos a casa estaremos seguros”. Vislumbraron la ciudad al atardecer. Crecieron los gritos y, al acercarse a la plaza, el horror se materializó. Los seres grises que habían arrasado la aldea atacaban vorazmente a todo el que se ponía en su camino. Tenía que llegar a casa. Respiró profundamente y, tras despedirse, soltó su rama y echó a correr, sin hacer caso de las zancadas que la siguieron en tromba. Vio el portal. Apenas quedaban cien metros. Hizo un último esfuerzo, introdujo la llave sin mirar atrás y entró como una exhalación. Cerró de un portazo. Estaba a punto de respirar con alivio, cuando las cuatro paredes se derrumbaron a su alrededor. Se quedó inmóvil. Y lamentó haber abandonado a Andrés.

    • Perro con Monóculo dice:

      Bienvenida de nuevo, querida Anaís. Me ha sabido fatal que tu protagonista abandonara a Andrés, aunque, por otra parte, yo soy firme defensor de la libertad individual. Es más, confieso que os abandonaría a todos vosotros al más mínimo atisbo de peligro. Pero, bueno, volviendo a tu cuento, me ha gustado mucho. ¡Bravo!

  8. roilenos dice:

    El portazo todavía dolía en mis oídos cuando empecé a sentirme bien.
    ¡Ahora era libre para hacer lo que quisiera!

  9. roilenos dice:

    Aquella noche parecía la madre de todas las noches. Oscura como dicen que es la boca del lobo, yo nunca lo pude comprobar, pero eso decían. El caso es que no se veía nada, escuche, nada de nada. Ustedes me preguntan ahora: ¿vio algo? Y yo claro no puedo responder otra cosa que no. Sin luna, como le digo, agente. Solo estaba esperando a una amiga.

    Pero oí gritos. Sí, estaban gritando, discutiendo. Cuando oí el portazo. Eran las once y treinta y cinco agente. ¿Qué cómo estoy tan seguro? Bueno, estaba impaciente, siempre lo estoy cuando veo a Elisa. Y los gritos eran muy molestos. Como le decía, discusión, portazo y luego gritos de auxilio. Les llamé, llamé a una ambulancia y eso fue todo. ¡no lo conocía de nada! Simple caridad cristiana. Ni siquiera vi al hombre hasta que sacaron el cadáver.

    ¡Seguro que fue el pillo! ¡Él lo hizo! Clavarle esa asquerosa navaja negra a su propio padre… me repugna. ¿Qué? ¿Qué en ninguna versión se ha hablado de navaja?
    Quiero hablar con mi abogado.

    (me ha gustado el tema, un micro-relato muy micro y este apurando el límite, espero que le gusten 🙂 )

    • Perro con Monóculo dice:

      Siento muchísima empatía con su protagonista; yo, como él, me he visto envuelto en más de un lío por mi debilidad por la retórica. ¡Nada criminal, aclaro!

  10. […] caracteres. No hay más premio que el reconocimiento, alimento del ego. ¡Dejad vuestros textos aquí! Share this:TwitterFacebookMe gusta:Me gustaBe the first to like […]

  11. Perro con Monóculo dice:

    Diana paseó su brazo a través de los estantes de la nevera, prácticamente desierta y con la luz rota. Encontró lo que buscaba: una lata fría de cerveza, la única que quedaba en el frigorífico. Ayer mismo metió doce latas, ¡cuatro litros!, y ese energúmeno se lo había tragado todo.

    – Oye, ¿me traes una cervecita?- en el salón, la petición evolucionó a caliente eructo silencioso.

    De pie y con la nevera todavía abierta, Diana fue aumentando la presión con la que su pulgar apretaba la anilla de la lata. Tenía la uña casi blanca cuando contestó:

    – Ahora mismo.

    Y cerró la nevera de un portazo que la mohosa goma del frigorífico se encargó de amortiguar.

  12. […] quedan tres horas para participar en los microrrelatos con la palabra portazo. He decidido reunir los cuentos que han ido llegando para que podáis leerlos e ir haciendo […]

  13. Gedeón dice:

    Salí de tu vida obligada por las circunstancias, haciendo mutis por el foro, con el maquillaje corrido y dejando tras de mí una nota impregnada de melodrama que pretendía hacer gala del ingenio que mi boca no había sido capaz de escupir durante la noche. Al menos me llevé el sabor de la tuya, que ya es algo.
    ¿Sabes? Estabas tan dormido que ni siquiera oíste el portazo de despedida… Tal vez sea mejor así, pero la actriz que llevo dentro, a falta de más besos, tenía hambre de aplausos aquella mañana, mi pequeño cinéfilo.

  14. […] estado tan ocupado poniéndola en práctica que por poco se me olvida contactar con el ganador del concurso de microrrelatos de la palabra portazo (¡en breve anunciaré el nombre de ese afortunado […]

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