¡Oh!, una joya en el desván

Septiembre es el mes de subir al desván y husmear entre cajas llenas de reliquias: la pelota de cuero que golpeó mi bisabuelo cuando su equipo se proclamó campeón de cricket, un candelabro de bronce recuerdo del viaje de novios de mis tíos por Viena, el hacha de cuando hubo que defenderse de la revolución campesina que la tomó injustamente con mi familia. ¡Cuántos recuerdos!

Hemos pasado parte de la mañana recuperando prendas.  El proceso se repite cada año y es el siguiente: una de las sirvientas abre el baúl de invierno y me va mostrando los ropajes que contiene. Un ligero movimiento de mi pata indica que conservaremos la bufanda de cachemira (previo paso por tintorería) y un gracioso cabeceo significa que solo me quedaría con ese chaleco roñoso con la intención de usarlo como combustible para la chimenea.

Me encontraba barajando la posibilidad de rescatar alguna antigualla que ofrecerle a la alondra como regalo de vacaciones cuando, en una esquina, oculto bajo una alfombra polvorienta, he descubierto un viejo piano de cuarto de cola. Los mozos lo han bajado al salón y se han pasado una hora sacándole brillo. Me despertaron de mi cabezadita cuando el instrumento estuvo listo. Con el respeto del torero que se aproxima a la bestia, abrí la tapa y contemplé en silencio las ochenta y ocho teclas que esperaban ser domadas después de tanto tiempo. Con delicadeza y aplomo, coloqué mis patas sobre el teclado, cerré los ojos y me preparé para dejar brotar la melodía melancólica de mi alma…

Lo siguiente fue llamar a Antonio Armónico, afinador de pianos, que se comprometió a pasarse la semana que viene. ¡Demasiado tiempo! No estaba dispuesto a aparcar aquel noble instrumento durante siete días como si del burro de un molinero se tratase. Cerré las cortinas, di orden expresa de no entrar en el salón y conecté la gramola. Troté de vuelta hasta el piano y esperé a que la aguja hiciera sonar el disco de vinilo. Entonces, ayudado por la pasión frustrada, desplacé velozmente mis almohadillas a lo largo del teclado al ritmo que Chopin marcaba desde el otro extremo de la habitación. Me dejé llevar por la inspiración y el instinto, con el único cuidado de no presionar tecla alguna.

Al abandonar el salón recibí miradas de consideración y respeto. Me retiré a mi cuarto y entré en Internet. He anulado la cita con el afinador. He comprado en Amazon las obras completas de Frédéric Chopin. Pienso sacarle partido al piano.

Os recuerdo que podéis mandar vuestros microrrelatos con la palabra “portazo” en los comentarios de esta entrada. Aquí podéis compartir conmigo los secretos que esconden los desvanes de vuestras mansiones.

Anuncios
Etiquetado

2 pensamientos en “¡Oh!, una joya en el desván

  1. chaviol dice:

    Desde que vi la película sobre el famoso crimen en el número 9 de la calle Thornton Square, lo que vulgarmente se conoce como “Luz de gas”, tomé la determinación de suprimir el desván. Ahora mi mansión es toda planta baja.

  2. Perro con Monóculo dice:

    Entonces es mejor que no vea “Psicosis”, amigo Chaviol, ¡o su mansión tendrá que prescindir también de cuarto de baño!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: