El regalo envenenado de la alondra

¡Bestia despiadada, alimaña con pico, bisutería alada! La alondra fue incapaz de ver las verduras cortadas en forma de palito, la cariñosa pancarta de recibimiento, el juego de té o los delicados poemas que preparé (preparamos). Ese demonio rumano solo fue capaz de fijarse en algo: faltaban pipas peladas en su tentempié de bienvenida.

No negaré que fue un descuido horrible (¡ninguno de vosotros me avisasteis!), pero no me parece motivo para despreciar la reunión y perjurar hipócritamente que se le había cortado el apetito. ¡Hasta le regaló a una cocinera, a solo un metro de mí, el azucarero con la cara de Lady Di!

Bebió un poco de champaña y se apresuró a abandonar su fiesta con el juego de té bajo el ala en una bandeja que me tomó prestada (y que llenó con las zanahorias, el hummus y el pepino que antes había rechazado tan vehementemente) con excusas baratas de cansancio y jet lag. Cuando la alondra estaba en el umbral de la puerta a punto de marcharse, salté sobre mi silla Luis XVI y ladré prodigiosamente:

-Alondra desagradecida, ¿dónde está mi regalo de vacaciones?

Se hizo el silencio. La alondra se fue girando lentamente hacia mí y nos miramos durante unos interminables segundos en los que -¡lo confieso!- casi me da la risa de los nervios. Aún así, aguanté el envite y conseguí que el ave cediera ante la presión de mis pupilas furibundas y mi barbilla temblorosa. Con un rápido movimiento, me lanzó una pequeña caja cuadrada envuelta en papel rojo y con un lazo dorado. Entonces levantó el vuelo y se marchó, perdiendo un par de plumas en el despegue.

Me abalancé con elegancia hacia el paquete y… ¡horror, un cascabel! Con muchísimo esfuerzo logré reprimir cualquier tipo de gesto que delatara la humillación que estaba sintiendo. No iba a permitir que todo el servicio comprobara que su señor acababa de ser tratado como un gato incivilizado y tiñoso, así que, una vez más, eché mano de mis recursos dramáticos y exclamé en voz alta:

-¡Mi vieja amiga! ¿Cómo ha podido recordar que era mi deseo retomar la colección de cascabeles que inició mi tatarabuelo? ¡Oh, esta joya pesa por lo menos cien gramos! Alguien se ha dejado media herencia en este presente. Alguien me tiene en gran estima…

Después, me retiré a mis aposentos con la excusa de observar de cerca aquella maravilla. Una vez solo, busqué entre mis cajones un cuaderno a estrenar de tapa dura y, con una admirable caligrafía y en letras capitales, escribí:  IDEAS PARA UNA VENGANZA.

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Un pensamiento en “El regalo envenenado de la alondra

  1. Nagore dice:

    ¡Qué vergüenza! Después del detalle que has tenido con ella, solo se la ocurre traerte un simple cascabel.
    Yo que tú la próxima vez la ponía pipas peladas pero bien saladas que vea lo que es bueno.

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