Un microrrelato cabe en una servilleta, y viceversa

Amigos, estoy encantado con mi nueva faceta de artista atormentado. Los verbos ‘sentir’, ‘expresar’ y ‘hacer clic con el ratón’ golpean mis sienes mientras me dejo llevar, extasiado, a los mandos del Paint. ¡Ojalá pudiérais verme! Soy una mezcla perfecta entre la energía de Pollock, la sutileza de Hopper y la tenacidad de la alondra jugando al buscaminas.

Sin embargo, no he olvidado mis obligaciones. Hoy toca descubrir una nueva palabra para el concurso de microrrelatos, y aquí la tenéis: servilleta.

Os recuerdo las normas: la palabra debe aparecer en el cuento, este no ha de superar los mil caracteres. Podéis entregar vuestros textos en los comentarios de esta entrada. El plazo límite es el 30 de septiembre a las 23h. ¡Suerte a todos!

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9 pensamientos en “Un microrrelato cabe en una servilleta, y viceversa

  1. Gedeón dice:

    El primer indicio de tu existencia llegó un sábado a la hora del desayuno, entre tostadas, magdalenas y tazas de café medio vacías. Estábamos sentados a la mesa de la cocina, papá, mamá y yo, recién arrancados de las sábanas y aún con caras de sueño. O tal vez no fuera así, pero a fin de cuentas soy yo quien narra la historia. «¿Si te dijéramos que vas a tener un hermanito…?», el resto de la pregunta quedó en el aire y se prendió a las comisuras de mis labios. Sonreí.
    Fuiste abriéndote paso a través de la tripa de mamá según pasaban los meses en el calendario, salpicados de pataditas («Se ha movido, ¿lo notas?») y visitas al ginecólogo. Recuerdo haber dibujado tu ecografía en una servilleta, podría decirse que ésa fue tu primera foto.
    Después vinieron los juguetes, los baberos, la ropa de bebé… y, por último, tú. Fue un miércoles por la tarde. Lo sé porque los miércoles por la tarde tenía gimnasia en el colegio, y me ponía muy nerviosa. Pero ese día las mariposas tuvieron otra causa.

  2. Nagore dice:

    Llevaba un buen rato sentada esperando a que el camarero le llevase el segundo plato. Se podría decir que llevaba tanto rato que le había hecho digestión la ensalada que había comido de primero.
    Harta de tanta espera, se limpió el morro con la servilleta, se levantó de la mesa y con mucha dignidad se marchó del restaurante sin pagar la cuenta.

  3. laberinto dice:

    Terminaron de comer y luego medio quitaron la mesa. Lo que no habían podido quitarse era el hambre. A la vista aún quedaban alguna miga de pan, una botella de agua casi vacía y un trapo que hacía las veces de servilleta, como siempre hecho un gurruño.
    Madre e hijo se miraron fijamente y no vieron sino el hambre de cada uno reflejado en la cara del otro.
    La madre, según un viejo hábito adquirido, inició el santo lloriqueo. Una vez desahogada, en lugar de levantarse y ponerse a enredar en la cocina, la dio por abrazarse a sí misma y balancearse sobre la silla; de atrás hacia adelante, de adelante hacia atrás, una y otra vez, con una cadencia monótona y cansina.
    El hijo, como no había podido matar el hambre se puso a matar moscas, mientras esperaba que de aquel trajín salieses algo positivo, aunque no las tenía todas consigo.
    De repente, de un salto, la mujer se levantó. Tenía los ojos rojos a causa del llanto y parecía que se le iban a salir; las manos retorcieron el negro mandil y con voz de loca miró al techo como si fuese el cielo y exclamó:
    ¡Que ganas tengo de estirar la pata!
    Dentro de lo triste de la situación, el hijo, entre unas risas sofocadas a medias, solo pudo mascullar: Madre, que cosas tienes.

  4. […] compartiré más detalles! De momento, dejadme recordaros que tenéis hasta el 30 de septiembre para escribir vuestros microrrelatos con la palabra ‘servill…. La alondra planea organizar una performance con vuestros cuentos durante la inauguración (quiere […]

  5. Pol dice:

    La pista de acompañamiento midi dejó de sonar de forma un tanto abrupta. El silencio del vagón era sepulcral, mas tampoco había muchos asientos libres. Sin prisas pero con férrea decisión los pasajeros fueron sacando las servilletas de las argollas y las empezaron a agitar encima de sus cabezas. Sus rostros eran impasibles, fatales como el tracatrá del tren.
    Las lágrimas enturbiaban la mirada del acordeonista que a su alrededor solo veía una nube de mariposas blancas flotando en un halo de luz amarillenta. Se abatió contra la ventana que daba al mar, una luna de tarde de invierno se derretía en un rio de plata. Y lleno de desconsuelo, el acordeonista le dirigió una triste súplica para que al menos ella le ayudara a recuperar su argolla antes de que fuera demasiado tarde.

  6. Anaís dice:

    El beso estampado en carmín era de color rojo intenso y entre la silueta de los labios asomaba un número de teléfono garabateado con prisa. Los trazos ascendentes de la escritura denotaban optimismo, pensó. Le encantaría llamarla y escuchar su risa, pero no estaba seguro de si él era el destinatario de aquella servilleta abandonada sobre la mesa del restaurante del hotel. Ni siquiera sabía cuánto tiempo llevaba allí. Fantaseó con que una viajera solitaria la hubiera dejado en brazos del azar, en busca de una compañía cualquiera. Justo lo que él necesitaba. Levantó el auricular del teléfono, pero la mano que sostenía el pequeño trozo de papel le temblaba tanto que era incapaz de descifrar los números. La dejó sobre la mesilla y marcó tres dígitos. En ese instante, la brisa agitó las cortinas y él se giró, sobresaltado por el revuelo de la tela. Frente a sus ojos pasó la servilleta flotando, arrastrada por el viento, y el beso de aquella mujer misteriosa voló en dirección al mar. Al día siguiente, un turista alemán encontró la servilleta enterrada en la arena y supo, con certeza, que la joven que cada día tomaba el sol a su lado, por fin se había decidido a dar el primer paso.

  7. El trabajo había sido reflexivo y ortodoxo desde el principio. Primero encontrar al capo en su retiro secreto. Luego seguirle de forma discreta, anotando en una libreta las acciones más sencillas hasta descubrir, con el paso de las semanas, sus hábitos y sus manías.

    Los lunes jugaba al squash con su informador en la policía, la cinta en la cabeza le quedaba fatal pero nadie se atrevía a decírselo. Los martes tocaba paseo largo. Los miércoles paseo corto y larga visita al prostíbulo. De jueves a domingo spaghetti puttanesca en el local de Luigi.

    Elegí el restaurante para el último acto de mi venganza, tal vez el más sencillo y placentero. Le miré a los ojos, vi como dejaba de masticar, le dije “muere, cucaracha” y le disparé al corazón.

    De un momento a otro me ahogaré. Todas las señales así lo indican: el agua fría en la que estoy sumergido, los zapatos de cemento, mi naturaleza no-acuática, mi respiración no-branquial…
    Vaya desastre de venganza. Siempre he sido un profesional metódico, analítico, y lo que más me frustra es no haber previsto lo de la servilleta antibalas.

  8. Fercha dice:

    Siguió dejando que la línea de tinta saliera del bolígrafo, errática, continua, confusa; guiando su mano para acabar con la solitaria blancura de la servilleta. Cuando los dibujos se cansaron de surgir, se dispuso a asumir que ella lo había abandonado en esa tabla de madera: un naufrago hundiéndose en el bullicio de las otras mesas del bar. Los garabatos lo cubrían todo: el “lo siento” y el “te quiero” de fondo; las cursis flores que, en los minutos de la espera, llenaron su lienzo; los rayajos deslavazados que llovieron sobre sus buenas intenciones cuando el tiempo le dijo que ella no iría a la cita.
    Dobló la servilleta, la escondió en el bolsillo de la camisa y se marchó.
    Estaba preparado para el dolor, para la tristeza, pero no esperaba tener que enfrentarse, días después, a una lavadora de ropa manchada de negro desolación, destilando desde el bolsillo de su camisa.

  9. roilenos dice:

    El mundo surgió de su servilleta: Barcos, puentes, ciudades… la mano del maestro dibujaba mundos alternativos que aparecían de improvisto.

    -Señor Martinez, unos dibujos excelentes, pero el maître me ha dejado claro que debe usted pagar. Me temo que también la servilleta.

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