Galería de retratos

Estos son los autores de los microrrelatos que más me han ido gustando de las sucesivas tandas. Debajo de la fotografía de cada uno podéis leer su breve y deliciosa obra.

Los marcos me los ha colgado el dibujante Ángel. Yo no he cogido un taladro en mi vida, ni tengo intención de hacerlo.

Gedeón microrrelato con portazo

Gedeón

Salí de tu vida obligada por las circunstancias, haciendo mutis por el foro, con el maquillaje corrido y dejando tras de mí una nota impregnada de melodrama que pretendía hacer gala del ingenio que mi boca no había sido capaz de escupir durante la noche. Al menos me llevé el sabor de la tuya, que ya es algo.

¿Sabes? Estabas tan dormido que ni siquiera oíste el portazo de despedida… Tal vez sea mejor así, pero la actriz que llevo dentro, a falta de más besos, tenía hambre de aplausos aquella mañana, mi pequeño cinéfilo.

Abencerraje

El bautizo tocaba a su fin y el cortejo, finalmente, salió de la iglesia. Jacinto, el padrino, como era costumbre, iba dándose importancia, esperando su momento. Sin perderle de vista, un grupo de niños comenzó a gritar: padrino roñoso, padrino roñoso. A la vez que chillaban, tomaban posiciones, pendientes de los gestos del que esperaban como un nuevo rey Midas. Por fin, Jacinto sacó las manos de los bolsillos, llenas de monedas pequeñas: de perras chicas y perras gordas. Las lanzó al cielo y cayeron sobre la chiquillería como si fuese una lluvia de oro.

En el suelo se luchaba por cada pieza. Si hubiesen sido de duro, se podría haber hecho el mismo esfuerzo, pero no más. El padrino seguía disfrutando de su liberalidad, que no era tanta, pues lo que tiraba no era sino simple calderilla; mucho ruido y … Se acercó el padre del bautizado y, con ese sentimiento de dignidad y orgullo de nuevo patriarca, dijo: Jacinto, no seas miserias, échales algunas pesetas. Éste, algo amohinado, arrugó la cara, y cambió la calderilla menuda por una más sustanciosa.

El bautizo se recordó durante largo tiempo; mucho más de lo que duró el tesoro en las manos de los chicos.

Maximus

Ramón pisó una caca y lo vio todo el mundo. Literalmente. El fascinante hallazgo de un excremento en la superficie de Marte restó protagonismo a aquella proeza de la aeronáutica espacial, a aquel momento histórico retransmitido a través de enlaces de microondas bidireccionales a las televisiones de más de doscientos países. Eclipsó incluso la españolidad de aquel astronauta que, seleccionado entre los mejores, soñaba con recuperar la dignidad de la piel de toro con un pequeño paso para el hombre, convertido en gran guasa para la humanidad. Aquella inesperada deposición era, tal vez, el mayor reto al que se había enfrentado jamás la ciencia: ¿quién o qué había habitado el planeta rojo y dejó aquella huella inerte, perenne gracias a la falta de oxígeno? Ya habría tiempo para el asombro. Por el momento, el mundo se apresuró a cachondearse de Ramón, aquel prohombre que, con la rojigualda al hombro, la Tierra a su espalda y una mierda a sus pies, simbolizó el destino de una especie irrescatable que orbita ineludiblemente en torno a la única fuente de luz de su limitado sistema.

Barriuso

Mañana de Reyes. Junto a la ventana estaba el regalo que había pedido en la carta: Unas botas Katiuskas. Se puso muy contento. Apenas desayunó. Se vistió y salió a la calle. Notó que le costaba trabajo caminar. Pero pasado un rato, volaba con las botas.

Las calles estaban llenas de nieve virgen. Pisó tanta como pudo. Estaba blandita y hacía un pequeño ruido al posar las botas sobre ella. Entonces lo vio. En el centro de una bocacalle había un charco de agua. Era muy grande. Una capa de carámbano lo cubría por completo. Se acercó despacio al borde. Piso con cuidado con un pie esperando que se quebrase. Aguantó. Puso el otro. Aguantó también. Cuando estaba en el centro apenas lo creía. Tampoco sabía qué hacer.

Entonces oyó un ruido, el carámbano se cuarteó y él cayó dentro del charco. Las botas no eran tan altas como para evitar que entrase el agua. Los pies y los calcetines se le mojaron. Salió a tierra firme y con el peso de la derrota a cuestas enfiló el camino a casa.

Su madre vio el desastre y no le dijo nada. Le secó los pies y le puso junto con las botas y los calcetines, cerca de la chimenea.

Por la tarde, ya con todo seco, regresó al charco. Solo tanteó el borde. Luego se dio la vuelta y salió corriendo.

Anaís

Al otro lado del charco, un ejército de ranas amarillas con pajarita y bombín brincaban acompasadamente al son de La Marsellesa. La niña se había asomado tanto por el borde que, además de las rodillas y las manos, tenía los muslos, la tripa, el cuello y hasta la nariz cubiertos de barro. Una libélula gigante sopló por su trompeta de juncos anunciando la llegada. El aire agitó el pelo enmarañado de la niña, que dio palmas de alegría, cuidando de no aplastar al insecto entre sus manos. La aparición de la Trucha fue más majestuosa de lo que la niña hubiera podido imaginar. Los destellos de sus escamas plateadas se fundían con el reflejo de la tiara dorada bañada por el sol. La Trucha miró a la extraña a los ojos y, con gran reverencia, le invitó a probarse la corona. La reina del charco, pensó la niña. No podía imaginar una vida mejor. Se asomó aún un poco más, cogió aire. Sus padres la buscaron durante días. El pueblo entero la buscó. Pero ella estaba inmersa en asuntos de estado. Cuando se despertó, tenía restos de algas entre los dientes.

Xavi Puig

Se metió en el ascensor con la intención de darle al botón que le pidiera el cuerpo. Cualquier piso menos el suyo, esta vez iría a la aventura. Intuía que los descansillos se parecían entre sí, que eran todos del mismo color salmón. Pero, ¿y si eran muy distintos? ¿Y si en otros pisos había litografías de Miró, plantas o hasta un corcho para colgar avisos? Cerró los ojos y pulsó el botón del sexto. Se le encogió el estómago cuando el elevador siguió subiendo por encima del cuarto. Flirteó incluso con la imagen de la cabina estrellándose contra la azotea, atravesando el edificio como una bala, dibujando una trayectoria errática en el cielo. Pero paró en el sexto, como estaba previsto. Entonces él abrió la puerta hacia lo desconocido, hallando solo oscuridad. Nervioso como estaba, no encontró el interruptor de la luz, y eso que lo buscó con la mano, arrimado a la pared como un gato asustado. Oyó un golpe lejano que le sobresaltó y, tembloroso, reculó hacia el ascensor sin mirar atrás. Le dio al botón del cuarto y regresó a su casa, al refugio. Tranquilo, no ha pasado nada. Nunca se arrepintió de haber tirado la toalla. Su vida estaba bien así. Y finalmente murió un lunes, como estaba previsto.

Anaís

Llevaba años caminando. No sabría precisar cuántos. Al principio le resultaban irresistibles los caminos pedregosos y con curvas, pero desde que descubrió las carreteras asfaltadas era incapaz de alejarse de ellas. Había dejado atrás decenas de áreas de servicio y algunos pueblos encantadores, donde siempre se despedía de alguien con más o menos pena. Pero nunca había vuelto la vista atrás. Un día creyó oír un ladrido lejano a su espalda y se acordó de aquel perro labrador con el que caminó durante un tiempo, hacía muchos años. Se volvió solo un instante, no pensaba ni siquiera detenerse, pero un miedo sobrehumano le paralizó. Justo detrás de su último paso se abría un precipicio escarpado. Se asomó y contempló la nada más absoluta. Se giró de nuevo, con el corazón agitado, deseado no haberse dado la vuelta jamás, y se dio cuenta de que delante de sus ojos se elevaba una montaña en la que no se había fijado antes. En la cima revoloteaban aves de colores y un puñado de árboles proyectaba una sombra deliciosa. Pero no se sentía con fuerzas de alcanzarla. Había visto la nada, y ya solo podía pensar en ella. Se tumbó sobre el asfalto. Estaba caliente, como el vientre materno. Y esperó.

Maximus

“¡No hay pan para tanto chorizo!”, exclamaban en la tele, ignorando que no había voluntad para tanta queja. Llamaron a la puerta. Eran del juzgado. Un secretario, un no sé quién y unos policías en el descansillo. “Teledesahucio, buenos días. ¿Habían pedido una hipoteca por aquí?” Sí señor, aquí es. No hubo contrato para tanto crédito. Apagó la tele, salió de casa y entregó las llaves, con un par de advertencias: “el grifo del lavabo gotea un poco “. No se preocupe. “Y la ventana del baño no cierra bien”. No pasa nada. “¿Puedo llevarme el ventilador?” Por supuesto. “Funciona regular, pero le tengo cariño. Me lo regaló el banco”.

Palinuro

Cuando Ben Johnson ponía los pies en los tacos de salida del Estadio olímpico de Seúl, el 24 de septiembre de 1988, Ramón sacaba las llaves de su casa del bolsillo del pantalón. Y justo cuando el juez de salida disparó al aire, él ponía un pie en casa. Vio a su padre en el sofá y quiso contárselo, pero él le calló sin mirarle, con un gesto de la mano.

9 segundos con 79 centésimas después ya era demasiado tarde.

Meses después el padre de Ramón se enteró de que Ben Johnson no había ganado aquella carrera. Que aquel 24 de septiembre de 1988 había iniciado, exactamente igual que su hijo, su caída definitiva.

Hombre Revenido

De un lado, Ariosto, expirata y amante de la soledad (si ambas cosas son posibles), armado con un tenedor afilado. Del otro, Marcus, esclavo con pedigrí, elegante, fiero. El emperador alza su copa. “Ave César, los que van a morir…”ambos saben lo que hay, pero su torpe latín no les permite seguir la declinación. Mueven los labios y disimulan.

El paroxismo sucede a las cornetas. Entrechocar de armas, pelea de ciervos. Con cada golpe de su macabro gong (tridente contra espada), el césar traga una uva. Bella sincronía.

Un sol de injusticia quema las coronillas. Los calamares a la romana hacen brillar las insignes comisuras del caudillo.

Uno intenta sucias tretas de bucanero: “¡mira allí!”. El otro no pica. A su lado, desmembran a un colega. Alguien resbala (sandalias baratas) y su pareja de baile, sin compasión, le patea.
Marcus empuña la espada sintiendo en la punta el latido del cuello de su oponente. La plebe mira al prócer que despacha el último trozo de piña.

Silencio.

En manos del emperador está la decisión. ¿Pulgar hacia abajo o clemencia?

El césar se encoje de hombros. No puede juzgar el valor de los contendientes. ¿Cómo les explica ahora que se ha despistado con el postre?

Cánigab Girl

Lola lloraba desconsoladamente en su loft de Malasaña. Las cortinas blancas se movían mecidas por la suave brisa que entraba por los balcones y se colaba entre las lamas de las venecianas. Un Warhol de imitación con su foto en cuatro colores presidía el salón de paredes rosas y reflejaba un cierto tono azulado a la mesa de metraquilato que tenía para las cenas con sushi, washabi y makis de los “Martes de Mazinger Z”. Su falda de un mercadillo de Londres le servió para limpiarse las lágrimas. Su amiga trataba de consolarla.

-Tranquila, tía. No es el fin del mundo- Dijo Susi sin mucha convicción.

Lola levantó su cabeza del cojín con la bandera de Inglaterra y la miró con rabia tras sus gafas cuadradas y amarillas.

-¿Que no es el fin del mundo? ¡¿Que no es el fin del mundo?! ¡Esto es peor que cuando se murió Anthony en Candy Candy! -Susi tuvo un escalofrío al recordarlo- ¿No te das cuenta?…-Lola se puso en pie dejando a la vista unas medias de topos- ¡¡¿Me puedes decir qué clase de moderna soy si no me queda bien el flequillo?!!

Susi fijó la mirada en un reloj despertador digital que había sobre la mesa tratando de evitar la respuesta que tenía en su mente: Desgraciadamente, Lola no era más que una -volvió a sentir otro escalofrío-… Moderna de Extrarradio… el flequillo la había delatado…

Fercha

Se mantiene firme en su superficie de sustento ajena al rebote rítmico del can. Esta pulga no es un vulgar parásito dedicado a extraer la sangre del hospedero: conciente de las inmensas posibilidades de su físico se ha entrenado en la disciplina del salto. Pero como todos los seres movidos por el impulso de la superación necesita público, alguien capaz de admirar sus logros. Ahí reside el problema, su círculo de relaciones es demasiado mundano para apreciar la belleza compleja de sus piruetas o la depurada técnica de sus saltos de longitud. Hastiada de la falta de reconocimiento y dispuesta a acabar con su perra vida, cierra los ojos y empuja con toda la energía de sus patas en el mayor salto mortal que jamás haya realizado. El azar ha querido que aterrice sobre un boxer, rodeada por las ovaciones y saltitos de congratulación de las antiguas integrantes de un circo de pulgas. Entonces asciende por sus tubos bucales el sabor de la gloria o tal vez es el de la espuma blanca del shampoo antipulgas que la envuelve en una nube algodonosa y química, dejándola sin aliento.

Pol

En el inframundo metropolitano espera el tren un señor peruano. En su abrigo, de arriba abajo, una cucaracha dibuja circuitos de bonito trazo. Nadie le avisa, nadie la ve, salvo un bebé, que acostado justo a su lado, la sigue con gran sonrisa. Al mando del cochecito, la madre, suspira un ‘no hay quien se aclare’ delante de un panel informativo. Y la cucaracha prosigue su milimétrica danza en el abrigo del señor peruano dejando al bello bebé sumamente fascinado. Un tren se avecina ¡Qué horror! ¿Y si se subiese en él su nueva amiga? Pero pronto y con resolución, bebé y cucaracha toman partido en una noble transacción. Mientras éste en un bolsillo del abrigo esconde su mejor chupete, ésta, con grácil gesto, salta al brazo de su valiente amiguete. ¡Qué gritos de júbilo y qué alaridos de alegría, cuando la madre vio lo que de la boca del infante salía!

Hombre Revenido

El lunes, el poeta tenía la certeza de que salvaría al mundo. No al estilo del Capitán América o Spiderman, pero la cosa tampoco iba a ser demasiado diferente. En lugar de una araña radioactiva le había picado el gusanillo.

El miércoles tenía la idea, el soneto a medias y el discurso de agradecimiento del Nobel preparado, cualquier Nobel.

El viernes releyó entre dudas.

El domingo supo que tampoco esa semana lo conseguiría. Abochornado, aceleraba el paso por las calles, sin que nadie quedara ajeno a su fracaso (visible, defectuoso y condenado como un calamar con tinta invisible).

CarlosJNavarro

Harto de reescribir carteles para los mendigos más escondidos de su ciudad, aquella mañana, decidió transcribir el canto de los pájaros, con menos público y escaso beneficio. En los días sucesivos, dos colibrís, una lavandera y algún vencejo, pero ninguna moneda.

Un día, una cotorra de vivos colores se paró a su lado y le preguntó:

– ¿Ya te has cansado de hacer mensajes memorables?

– El hombre asintió con la cabeza.

Volvieron a cambiarse el cuerpo y a dedicarse, cada cual, a sus tareas.

Anaís Berdié

-Hoy le traigo el anular -dijo Amelia, mientras desataba con sumo cuidado la lazada de cuerda y separaba los pliegues de papel de periódico amarillento-.

-Para la próxima, señora Amelia, haga cuenta que el meñique, por su tamaño, vale menos.

La mujer torció el gesto mientras entregaba al banquero el reluciente hueso. Éste le correspondió con quinientos euros en billetes de diez.

-No ponga esa cara, mujer. Será por huesos…

-A saber qué hacen con ellos, don Enrique. A saber.

Amelia guardó el fajo de billetes en la bolsa de la compra y se marchó caminando a casa, protegiéndose inútilmente de la lluvia con las hojas de periódico sobrantes del paquete.

-Malos tiempos -masculló entre dientes, cuando ya llegaba a su portal. Miró hacia su ventana y vio a la anciana que reposaba contemplando la lluvia con las manos cruzadas en el regazo, escondidas bajo un delantal-. Pobre mamá. Menos mal que su piano ya lo empeñamos el año pasado.

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3 pensamientos en “Galería de retratos

  1. […] Sin duda, no es un blog al uso  y Perro con monóculo tampoco es un animal al uso; "soy un comunicador nato, me encantaría pasarme la vida dando discursos de esos que alguien anuncia golpeando una copa de cristal con una cucharilla. Desgraciadamente, organizar una fiesta lleva demasiado tiempo y en mi blog, sin embargo, puedo compartir mis inteligentes impresiones a diario. De todos modos, que este arranque de espontaneidad no nos confunda: la idea principal del blog es motivar a la gente a la que le gusta escribir pero que necesita una excusa para ponerse a ellos, organizo concursos de microrrelatos a partir de una palabra y después cuelgo la  foto del ganador en mi galería de retratos" […]

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