Yo inauguro la era del arte higiénico

Este fin de semana he descubierto una novedosa aplicación digital que ha consumido casi todo mi tiempo libre. He estado tan ocupado poniéndola en práctica que por poco se me olvida contactar con el ganador del concurso de microrrelatos de la palabra portazo (¡en breve anunciaré el nombre de ese afortunado escritor!).

No es por presumir, pero tengo la suerte de contar con una extensa red de contactos en la que se encuentran los mejores profesionales de cada rama. No es de extrañar que las informaciones más frescas lleguen a mis oídos meses antes de que vosotros os enteréis, malamente, a través de los insulsos medios de comunicación generalistas. Sin embargo, nadie podrá tacharme de egoísta porque pienso compartir con vosotros un lanzamiento que revolucionará el concepto del arte en el siglo XXI.

Se trata de una modernísima aplicación digital que se instala en el ordenador. Este programa es una suerte de fusión entre las artes pictóricas y la tecnología de más rabiosa actualidad. Este milagro solo puede ser obra de un brillante ingeniero bendecido con la sensibilidad de un poeta. Queridos amigos, ¡os presento el programa de artes gráficas digitales Paint!

¡Por fin podré expresar mis sentimientos a brochazo limpio sin el riesgo de manchar mi pelaje y verme obligado a refugiarme en la peluquería para recibir urgentemente baños de acetona y friegas de lejía!  Este descubrimiento marca el inicio de una nueva época en mi vida de la que, por supuesto, seréis agradecidos partícipes. Quiero compartir con vosotros mi obra más intimista hasta el momento. La he llamado: “YO”. Decidme, amigos, ¿qué opinión os merece?

Yo. Autor de la obra: Perro con Monóculo

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Vuestros portazos

No es mi intención presionaros pero solo quedan tres horas para participar en los microrrelatos con la palabra portazo. He decidido reunir los cuentos que han ido llegando para que podáis leerlos e ir haciendo vuestras propias quinielas. Recordad que a las 23 horas de hoy se cierra el plazo.

Autora: Olga Retamero 

Abrió la puerta y el mundo se le cayó encima. Quiso gritarle muchas cosas pero no pudo, sus cuerdas vocales se habían quedado petrificadas, tan sólo tuvo fuerza para dar un portazo. El portazo lo dijo todo. Fue como si hablara y le dijera todo aquello que esas cuerdas vocales no pudieron decir.
Nunca más volvieron a verse

 Autora: Baby

Los vagones del metro iban de bote en bote. Decidí sentarme y esperar un nuevo convoy. Entonces se me acercó. Era un muchacho, con pinta de americano, de casi dos metros de alto, rubio, con cara simpática, de unos veintitantos años. Llevaba una enorme mochila sujetada a la espalda, que le sobresalía por encima de los hombros; unas sandalias de cuero, que dejaban ver unos dedos que habían conocido tiempos mejores y una especie de sombrero que me recordó vagamente las películas de John Ford.

Mirándome de arriba abajo y con un español tirando a deficiente me preguntó:

– ¿Portazo?

Yo le contesté, sin pensármelo dos veces, eso sí, subiendo el tono de voz:

– ¿Portazgo?

– Yes, Portazo- confirmó.

Me vine arriba y estuvimos un rato mirando el plano del metro. Me costó Dios y ayuda hacer que me entendiese algo. Por último, pensé que lo mejor sería acompañarle; al fin y al cabo, estábamos en el andén de la línea dos y él iba a la uno.

Llegamos a su andén, y ya sin mediar palabra, esperamos la llegada tren. Venía hasta las trancas. Al abrirse las puertas, nos despedimos con un apretón de manos y unas sonrisas de panolis.

Él se marchó con su mochila, tan contento, y yo di la vuelta y me fui con la música a otra parte.

 Autora: Nagore

 Dormían plácidamente en su Hotel en Ibiza, era casi final de mes pero aquello estaba repleto de jóvenes en busca de fiesta, alcohol y drogas.

De repente a eso de las tres de la mañana se escuchó un gran portazo, seguido de voces demasiado altas para las horas que eran. Otro portazo, y otro más.
De seguir así muchos más días abandonarían la isla por estress en vez de por descanso.

Autor: Armando

Como des un portazo, te acuerdas, amenacé sin mucha confianza en que surtiera efecto. No fue un portazo, fue un intento de derribo de toda la casa. Y casi lo consigue. Menos mal que como consecuencia del golpe se cargó la colección de porcelana con motivos chinescos que nos regaló la hortera de su madre, cuando lo del bodorrio, ya se sabe; y encima las dos se quedaron tan contentas. Al darse cuenta de la que había armado, casi se desmayó del disgusto. Yo me reí por lo bajini.
Estuve quince días a pan y agua, de día y de noche, pero mereció la pena. Ahora le he echado el ojo al jarrón de metro y medio que nos endiñó su abuelo. A ver cómo se la monto para que le de un arreón a la puerta y haga carambola.

Autora: Anaís

El reloj marcaba las 21:12. Debía llevar, al menos, cuatro días así. Le gustaba que se hubiese detenido en una cifra capicúa. Algo preciso en medio del caos. Estaba muy cansada. Y sucia. Con la aparición de los gritos ya no se detenía ni a dormir. No había visto a nadie desde que abandonó la aldea así que, de vez en cuando, hablaba con la rama que había recogido y que usaba como bastón. La llamaba Andrés. “No podemos parar ahora, Andrés”, le decía agarrándole fuerte con la mano. “Cuando lleguemos a casa estaremos seguros”. Vislumbraron la ciudad al atardecer. Crecieron los gritos y, al acercarse a la plaza, el horror se materializó. Los seres grises que habían arrasado la aldea atacaban vorazmente a todo el que se ponía en su camino. Tenía que llegar a casa. Respiró profundamente y, tras despedirse, soltó su rama y echó a correr, sin hacer caso de las zancadas que la siguieron en tromba. Vio el portal. Apenas quedaban cien metros. Hizo un último esfuerzo, introdujo la llave sin mirar atrás y entró como una exhalación. Cerró de un portazo. Estaba a punto de respirar con alivio, cuando las cuatro paredes se derrumbaron a su alrededor. Se quedó inmóvil. Y lamentó haber abandonado a Andrés.

Autor:  Roilenos

El portazo todavía dolía en mis oídos cuando empecé a sentirme bien.
¡Ahora era libre para hacer lo que quisiera!

Autor:  Roilenos

 Aquella noche parecía la madre de todas las noches. Oscura como dicen que es la boca del lobo, yo nunca lo pude comprobar, pero eso decían. El caso es que no se veía nada, escuche, nada de nada. Ustedes me preguntan ahora: ¿vio algo? Y yo claro no puedo responder otra cosa que no. Sin luna, como le digo, agente. Solo estaba esperando a una amiga.

Pero oí gritos. Sí, estaban gritando, discutiendo. Cuando oí el portazo. Eran las once y treinta y cinco agente. ¿Qué cómo estoy tan seguro? Bueno, estaba impaciente, siempre lo estoy cuando veo a Elisa. Y los gritos eran muy molestos. Como le decía, discusión, portazo y luego gritos de auxilio. Les llamé, llamé a una ambulancia y eso fue todo. ¡no lo conocía de nada! Simple caridad cristiana. Ni siquiera vi al hombre hasta que sacaron el cadáver.

¡Seguro que fue el pillo! ¡Él lo hizo! Clavarle esa asquerosa navaja negra a su propio padre… me repugna. ¿Qué? ¿Qué en ninguna versión se ha hablado de navaja?
Quiero hablar con mi abogado.

 

Autor: Gedeón

Salí de tu vida obligada por las circunstancias, haciendo mutis por el foro, con el maquillaje corrido y dejando tras de mí una nota impregnada de melodrama que pretendía hacer gala del ingenio que mi boca no había sido capaz de escupir durante la noche. Al menos me llevé el sabor de la tuya, que ya es algo.

¿Sabes? Estabas tan dormido que ni siquiera oíste el portazo de despedida… Tal vez sea mejor así, pero la actriz que llevo dentro, a falta de más besos, tenía hambre de aplausos aquella mañana, mi pequeño cinéfilo.

El regalo envenenado de la alondra

¡Bestia despiadada, alimaña con pico, bisutería alada! La alondra fue incapaz de ver las verduras cortadas en forma de palito, la cariñosa pancarta de recibimiento, el juego de té o los delicados poemas que preparé (preparamos). Ese demonio rumano solo fue capaz de fijarse en algo: faltaban pipas peladas en su tentempié de bienvenida.

No negaré que fue un descuido horrible (¡ninguno de vosotros me avisasteis!), pero no me parece motivo para despreciar la reunión y perjurar hipócritamente que se le había cortado el apetito. ¡Hasta le regaló a una cocinera, a solo un metro de mí, el azucarero con la cara de Lady Di!

Bebió un poco de champaña y se apresuró a abandonar su fiesta con el juego de té bajo el ala en una bandeja que me tomó prestada (y que llenó con las zanahorias, el hummus y el pepino que antes había rechazado tan vehementemente) con excusas baratas de cansancio y jet lag. Cuando la alondra estaba en el umbral de la puerta a punto de marcharse, salté sobre mi silla Luis XVI y ladré prodigiosamente:

-Alondra desagradecida, ¿dónde está mi regalo de vacaciones?

Se hizo el silencio. La alondra se fue girando lentamente hacia mí y nos miramos durante unos interminables segundos en los que -¡lo confieso!- casi me da la risa de los nervios. Aún así, aguanté el envite y conseguí que el ave cediera ante la presión de mis pupilas furibundas y mi barbilla temblorosa. Con un rápido movimiento, me lanzó una pequeña caja cuadrada envuelta en papel rojo y con un lazo dorado. Entonces levantó el vuelo y se marchó, perdiendo un par de plumas en el despegue.

Me abalancé con elegancia hacia el paquete y… ¡horror, un cascabel! Con muchísimo esfuerzo logré reprimir cualquier tipo de gesto que delatara la humillación que estaba sintiendo. No iba a permitir que todo el servicio comprobara que su señor acababa de ser tratado como un gato incivilizado y tiñoso, así que, una vez más, eché mano de mis recursos dramáticos y exclamé en voz alta:

-¡Mi vieja amiga! ¿Cómo ha podido recordar que era mi deseo retomar la colección de cascabeles que inició mi tatarabuelo? ¡Oh, esta joya pesa por lo menos cien gramos! Alguien se ha dejado media herencia en este presente. Alguien me tiene en gran estima…

Después, me retiré a mis aposentos con la excusa de observar de cerca aquella maravilla. Una vez solo, busqué entre mis cajones un cuaderno a estrenar de tapa dura y, con una admirable caligrafía y en letras capitales, escribí:  IDEAS PARA UNA VENGANZA.

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Todo listo para recibir a la alondra

La alondra llega hoy y he decidido organizar un pequeño tentempié para recibirla.

Después de pedirle a los jardineros que redactaran una pancarta cariñosa y encontrarme con un cartón manchado de estiercol que rezaba “Qué bueno que viniste”, he decidido hacer las cosas por mí mismo. Yo seré muy exigente, ¡pero la alondra es una rencorosa! Es mejor para todos que nada falle. Me he pasado toda la mañana partiendo palitos de pepino y zanahoria con los que he formado un sol de rayos naranjas y verdes cuyo centro es un cuenco de hummus. ¡Todo sea por contentar al ave y su hipocalórico gusto!

Al lado del aperitivo, he colocado el juego de té de la Familia Real que le compré en Londres. El azucarero tiene el rostro de Lady Di, algo que agradará a la alondra, quien solo toma sacarina y siempre ha odiado a la princesa plebeya (¡incluso después de muerta!). Dentro de las tazas, he enrollado los poemas que he plagiado de mis amigos Nagore y Roilenos, que compusieron sendas poesías con mis -¿por qué no reconocerlo?- brillantes indicaciones.

Querida amiga:
En tu ausencia temo
Que me ciegue el veneno.
Que me duerma el alcohol.
Pues a la luz de la luna
La claridad se esfuma
Se pierde y me asalta
la amenaza latente,
soberbia intención,
De buscarte sin tregua
Hasta perder la razón.
Pajarillo, recuerda la pipa pelada
Y la dulce mirada de amor.

Autor: Roilenos

Alondra querida
se que en mi ausencia
has estado abatida,
más mi fiel amiga
a volver
el deber me obliga.
Tus amenazas me recordaron
que te comprase unas tazas
junto con un bol
lleno de alcohol.
El año que viene en Serbia
con nuestra soberbia
disfrutaremos de la tranquilidad
mientras el servicio nos dice con serenidad:
¡Comed y bailad!
Después la intención
es ir a Japón
y comer un buen jamón,
mientras a la luz de la luna
una llama nos acuna
y comemos pipas peladas
con risas malvadas.

Autora: Nagore

¡Creo que no falta nada para recibir a la alondra!

Por cierto, todavía estáis a tiempo de participar en el concurso de microrrelatos. Se trata de escribir un cuento con la palabra ‘portazo’ que no supere los 1.000 caracteres. No hay más premio que el reconocimiento, alimento del ego. ¡Dejad vuestros textos aquí!

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El reto: un poema para la alondra

La alondra y yo hemos hablado por teléfono esta mañana. Su llamada, por supuesto, no era casual. El dichoso pájaro quería asegurarse de que le había comprado “regalos” durante mi viaje porque, advertía, “no querría verme obligada a facturar bultos en el aeropuerto si luego mi contrapartida va a ser un lote de champús baratos robados de una habitación de hotel”. La tranquilicé y organizamos para el lunes para un espontáneo intercambio de presentes. Antes de colgar, salió de su pico una última información: “Espero que no todo sea material, ya no eres un cachorro superficial, ¿no?”.

¡Un juego de té donde cada pieza tiene imprimido el rostro de un miembro de la familia real británica es todo lo que tengo para impresionar a la alondra! Amigos, ayudadme. La única genialidad que se me ocurre es escribirle un poema inspirado en su ausencia, pero no termino de inspirarme. Quiero que cuadren todos estos términos: querida, amiga, amenazas, alcohol, soberbia, tranquilidad, intención, luz de luna y pipas peladas. ¿Quién osa no ayudarme?

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¡Oh!, una joya en el desván

Septiembre es el mes de subir al desván y husmear entre cajas llenas de reliquias: la pelota de cuero que golpeó mi bisabuelo cuando su equipo se proclamó campeón de cricket, un candelabro de bronce recuerdo del viaje de novios de mis tíos por Viena, el hacha de cuando hubo que defenderse de la revolución campesina que la tomó injustamente con mi familia. ¡Cuántos recuerdos!

Hemos pasado parte de la mañana recuperando prendas.  El proceso se repite cada año y es el siguiente: una de las sirvientas abre el baúl de invierno y me va mostrando los ropajes que contiene. Un ligero movimiento de mi pata indica que conservaremos la bufanda de cachemira (previo paso por tintorería) y un gracioso cabeceo significa que solo me quedaría con ese chaleco roñoso con la intención de usarlo como combustible para la chimenea.

Me encontraba barajando la posibilidad de rescatar alguna antigualla que ofrecerle a la alondra como regalo de vacaciones cuando, en una esquina, oculto bajo una alfombra polvorienta, he descubierto un viejo piano de cuarto de cola. Los mozos lo han bajado al salón y se han pasado una hora sacándole brillo. Me despertaron de mi cabezadita cuando el instrumento estuvo listo. Con el respeto del torero que se aproxima a la bestia, abrí la tapa y contemplé en silencio las ochenta y ocho teclas que esperaban ser domadas después de tanto tiempo. Con delicadeza y aplomo, coloqué mis patas sobre el teclado, cerré los ojos y me preparé para dejar brotar la melodía melancólica de mi alma…

Lo siguiente fue llamar a Antonio Armónico, afinador de pianos, que se comprometió a pasarse la semana que viene. ¡Demasiado tiempo! No estaba dispuesto a aparcar aquel noble instrumento durante siete días como si del burro de un molinero se tratase. Cerré las cortinas, di orden expresa de no entrar en el salón y conecté la gramola. Troté de vuelta hasta el piano y esperé a que la aguja hiciera sonar el disco de vinilo. Entonces, ayudado por la pasión frustrada, desplacé velozmente mis almohadillas a lo largo del teclado al ritmo que Chopin marcaba desde el otro extremo de la habitación. Me dejé llevar por la inspiración y el instinto, con el único cuidado de no presionar tecla alguna.

Al abandonar el salón recibí miradas de consideración y respeto. Me retiré a mi cuarto y entré en Internet. He anulado la cita con el afinador. He comprado en Amazon las obras completas de Frédéric Chopin. Pienso sacarle partido al piano.

Os recuerdo que podéis mandar vuestros microrrelatos con la palabra “portazo” en los comentarios de esta entrada. Aquí podéis compartir conmigo los secretos que esconden los desvanes de vuestras mansiones.

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Inauguración con un portazo

¡Buenos días, amigos! He vuelto a mi humilde mansión, una brisa fresca se cuela por las ventanas y empiezo a fantasear con la idea de ponerme un jersey azul marino de cuello vuelto. ¡Adoro septiembre!

No quisiera pecar de soberbio, pero he de reconocer la emoción que he sentido al comprobar cuánto me había echado de menos el servicio. Algunos de los jardineros se han turnado durante mis vacaciones para dormir en mi habitación, probablemente empujados por su necesidad de sentirme cerca y recordar, aunque mitigado, el suave aroma que desprendo (mi secreto: suavizante de almendra).

¡También en las cocinas me han guardado una suerte de luto! Todos han reconocido haber sido incapaces de preparar mis platos favoritos en mi larga ausencia: no ha habido pularda trufada, secreto ibérico ni sorbete de cava . Los pobres se han pasado todo el verano pidiendo comida a domicilio, arrastrados por una fidelidad que parece sacada de otro siglo.  ¿Qué más da si han cargado todas las facturas a la casa? La lealtad no entiende de ceros.

Esta semana la alondra regresa de sus vacaciones. Yo aprovecharé estos días para visitar al sastre y ponerme al día con mis obligaciones. Una de ellas, este blog, para el que tengo preparadas jugosas sorpresas que desvelaré en unas semanas. ¡Y ahora, con sumo orgullo y renovada alegría, inauguro la segunda temporada de microrrelatos!

La palabra que debéis incluir en el primer cuento de la temporada es: portazo.

La longitud máxima son 1.000 caracteres y la fecha límite para enviarlo es el domingo 16 de septiembre a las 23h. Dejad vuestros microrrelatos en los comentarios de esta entrada. ¡Suerte a todos!

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Shakespeare estaría orgulloso de mí

Amigos, estoy aprovechando mis últimas horas en Londres. Mi buen colega Thomas regresó finalmente de sus vacaciones y celebramos el reencuentro entre botellas de champaña y kilos de toffee. Hemos pasado unos días maravillosos y yo he ganado unas cuantas libras en el canódromo (¡apostando, no corriendo!).

Sin embargo, he de reconocer que también disfruté de los días que pasé en solitario. Huí de los mercadillos multiculturales que tanto me recomendaban las guías de la ciudad y aposté por un clásico: dar vueltas a Londres subido en calesa. Los turistas me saludaban desde el suelo, yo les retiraba la mirada con desprecio y ellos exclamaban, maravillados: “¡Es tan inglés!”. Que me confundieran tantas veces con un lord británico me dio una idea. Después de todo, no tiene mérito que alguien crea que soy un millonario orgulloso con conexiones con  La City… por eso me desafié a mí mismo con un reto a la altura de mis capacidades dramáticas: moldear mi registro hasta lograr que me confundieran con un joven macarra british.

Durante los siguientes días me apeé de la calesa, ignoré los taxis y me dirigí a los barrios de extrarradio subido en autobús. Sentado sobre el pintarrajeado banco de madera de un campo de cricket, escuché el acento de los adolescentes en chándal, forcé la desgana de su mandíbula al pronunciar las vocales y memoricé con el empeño de un estudiante de Cambridge una ristra de insultos populares. ¡Hasta masqué chicle y bebí cerveza de buena mañana en mi empeño por trabajar mi personaje!

Cuando terminó mi entrenamiento, telefoneé a casa de Thomas. Él mismo descolgó:

– Buenas tardes, ¿quién osa interrumpir?

– Oye, monguer, ¿cómo te va? ¡Ya no te acuerdas de los colegas! Joder. Déjate de arenques y vámonos de botellón, que he pillado unas Lays Paprika en el Tesco y tengo ganas de dar unos rulos por la capi, ¿que no?

Tras unos segundos de silencio y desconcierto en los que pensé que Thomas -sin duda, alertado por la ardilla- me había descubierto, mi amigo carraspeó y anunció que lo primero que iba a hacer después de colgar era llamar a un inspector de Scotland Yard para exigir que investigaran de inmediato la llamada de aquel psicótico periférico. ¡Eufórico y satisfecho, ladré y calmé a mi amigo en un perfecto inglés! Thomas tosió (el equivalente a la carcajada en Inglaterra) y mandó uno de sus tres Rolls-Royce a  recogerme a mi hotel. Nos encontramos en el corazón de Bloomsbury.

¿Te apetece un poco de brandy?- me preguntó, antes de adentrarnos en un club enteramente tapizado con cuero verde.

Mazo– respondí. Y esa fue mi última concesión al inglés más chabacano.

Postales desde Europa: Londres

Amigos,

Os escribo esta postal apoyado en uno de los leones de Trafalgar Square, una plaza enorme tomada por grupos de turistas mediterráneos con pantalones pirata. Acabo de salir de la National Gallery,  donde he disfrutado de las olas del furioso mar de William Turner y de uno de los primeros posados equinos en estudio (Whistlejacket pagó una verdadera fortuna para ser retratado por George Stubbs, él es el caballo que ilustra la postal que os estoy escribiendo).

Lo primero que hice al pisar la Gran Bretaña fue comprarme un reloj de bolsillo y presentarme puntual a la hora de la cena –aunque sin avisar– en la bellísima residencia gótica de mi amigo Thomas. La escuálida ardilla de pelo seco que me abrió la puerta me informó, mientras se limpiaba las manos en un delantal, de que mi colega inglés estaba en esos momentos atracándose a arenques en la costa escocesa y que no volvería de su retiro hasta la semana que viene. “¡No pienso marcharme del Reino Unido hasta darle al bueno de Thomas la alegría de verme!”, anuncié, hambriento y con la esperanza de que se me consolase invitándome a cenar un buen pollo con ciruelas, por ejemplo. Pero la ardilla solo dijo “Of course, Sir” y cerró de un portazo. ¡Me sentí como si me hubieran abofeteado la cara con un guante! Me mantuve unos segundos frente a la puerta, dedicándole una mirada furibunda a la exquisita aldaba de bronce. Pude distinguir claramente el sonido del culebrón británico mezcla de amor y conflicto de clases sociales con el que estaba pasando la tarde la ardilla. Seguía confundido y bajo los ojos ciegos de una estúpida gárgola cuando mi estómago emitió un lamento retorcido y prolongado que reverberó amenazador entre las piedras de la casa. El ruido debió de alertar a la alimaña con delantal, porque dejó de oírse la televisión y me pareció escuchar unas pisadas acercándose a la puerta. Escapé atropelladamente escaleras abajo, rezando por que la ardilla no alcanzara a presenciar desde la mirilla mi huida.

Por fin, lejos de la mansión de Thomas y a punto de desfallecer, entré en un supermercado Tesco; malcené unas chocolatinas y algo de pan de centeno que confundí con brownie.

A pesar de haber sufrido esta decepción nada más posar mi pata en la campiña, he decidido quedarme unos cuantos días más en Londres. Pasearé entre los cisnes de Kensington Gardens y tararearé canciones de Amy Winehouse. Creo que esto le dará a la espera un punto melodramático y local muy apropiado. ¡Estoy convencido de que me esperan días mejores en la capital del tweed!

Por cierto, he de comprarle algo a la alondra. Os agradeceré las sugerencias.

Postales desde Europa: Barcelona

Hola, amigos:

Os escribo esta postal desde la ciudad más europea de España: Barcelona. Aquí todo el mundo está obsesionado con Quim Monzó. Los barceloneses, sin excepción, guardan sus pertenencias en bolsas de la librería La Central y montan en unas bicis rojas fabricadas en serie por el Ayuntamiento que gritan a los cuatro vientos: ¡municipales! Sinceramente, no me explico cómo en la ciudad del diseño se permiten el lujo de ir todos sobre bicicletas idénticas, ¡lo mínimo que un turista merece encontrar es una flota de 10.000 bicicletas decoradas personalmente por Javier Mariscal!

El otro día, después de almorzar una ensalada de pasta, tomate y aceitunas negras en el restaurante que me recomendó la alondra, Buenas migas, probar los carquinyolis (suerte de piedra dulce con almendras) y beber un zumo de fruta que compré en el mercado de la Boquería, salí a disfrutar de un paseo por las Ramblas, tropezando a cada paso con titiriteros y paquistaníes que insitían en que les comprase una lata de cerveza tibia. Me encontraba explicándole a uno de estos vendedores ambulantes que había tantas posibilidades de que yo bebiera cerveza de una lata sucia comprada ilegalmente en la calle como de encontrarme en un probador del Lefties embutido en un chándal, cuando una paloma de Lleida -sucia, gris y borracha- intentó robarme el monóculo. ¡Lamentable acción y peor resolución! No solo nadie me socorrió en este penosa situación, sino que una turista francesa nos tiró al ave seropositiva y a mí una moneda de dos euros, confundiéndonos con dos vulgares mimos. ¡Nunca en mi vida había sentido tanta vergüenza!

Acudí con la paloma a un bar cercano y pedimos que nos cambiaran la moneda de dos euros. Nos repartimos la parte proporcional de aquella insultante calderilla y después ella se marchó volando para, sin duda alguna, seguir haciendo el mal por la ciudad. Yo decidí refugiarme en la habitación de mi hotel modernista, donde soñé que Antonio Gaudí escribía un microrrelato para mí y yo al leerlo pensaba: “Qué malo”.